La Chicotá de Nandel | Gallardo, la penúltima Chicotá

Subí ayer medio andando, medio arrastrándome hacia la sierra. Era bien entrada la noche, y como días atrás, cuando paseaba por el centro, el nombre de José Luís Gallardo me ocupaba gran parte de la mente. Observaba a una Córdoba con sus prisas, gente esperando el bus, otros distrayéndose en las Tendillas, música, pero en el fondo, un gran silencio, o un gran vacío. Hay personas que aunque no lo parezca, llenan mucho, y se nota ese vacío llamémosle espiritual, llamémosle humano.

Como costalero, he visto muchas fotos estos días de Gallardo, fotos que han puesto sus compañeros, amigos, capataces. Frases que también han inundado las redes, cada uno con sus palabras, o prestadas de publicaciones que venían a rendir pleitesía a la persona que era,  y en algún post compartido, venían como anillo al dedo para el momento. Hablaban de él como un «peonaco», un «cañón», pero lo cierto es que conociéndolo lo que lo conocía, por las veces que hablé con él, el vacío bajo los pasos va a ser más humano aún que de fuerza si cabe.

Poco, no mucho tuve de contacto con Gallardo, nos movíamos en diferentes cuadrillas, grupos de costaleros, amigos, pero teníamos de todos y cada uno de ellos muchos en común. No han sido pocas las veces que su nombre ha salido con este u otro grupo, y todos, absolutamente todos, hablaban de la valía del capataz o del costalero, pero reflejando además la gran persona que había detrás de cada puesto que desempeñaba.

La última vez precisamente que hablé con él, fue de los grupos creados a partir de la configuración de las cuadrillas, a su vez hechas por los diferentes capataces que salían en la conversación. Tanto él como yo, coincidíamos en el desbarajuste total que se montaba a veces con la amistad por medio, y que al final, lo que se quitaba del medio, era precisamente esa amistad. Apesadumbrado como yo por esta situación, decía que con el tiempo todo se cura, y que al final las aguas vuelven a su cauce, aunque, querido Gallardo, eso ya, te tocará verlo, como leía esta noche en una publicación de Don Fernando Morillo, a las plantas de tu «Esperanza».

Chicotás trae la vida duras, que pasan como pasan, que dejan un daño irreparable, o que te hacen más fuertes, ya según cómo sea, cómo termine, pero sobre todo, las consecuencias que deje.

Se ha ido Gallardo dejando un legado en Córdoba y sus Cofradías para el recuerdo. El de una persona íntegra, amiga de sus amigos, cordial, caballeroso en el trato, educado, siempre con esa media sonrisa que utilizaba tanto para reir, como para disimular cuando veía que estaba alguno ya sacando los pies del plato.

La chicotá de Gallardo ha sido dura, la peleó y la trabajó con todas sus fuerzas, con valentía, pero será no la última, sino la penúltima que veamos con esta enfermedad de por medio, que como le decía ayer a Don Carlos Lara, que la maldecía, que no nos toque Carlos, que no se fije en nosotros los de nuestro alrededor.

Con la mente en mi amigo Juan Parra, Gallardo se une a esos chavales jóvenes que han vivido dejando amor, dando amor, y proyectando todo el que tenían sobre sus Titulares, sobre las Hermandades que han contado con él, con ellos, o que han tenido la suerte de que personas así quisieran formar parte de ese granito de arena, pues mejoran bastante al grupo humano de cada lugar donde se encuentren.

Hoy me decían que será extraño no verlo con Don David Arce, como hace poco por el barrio de San Lorenzo, donde me despedí personalmente de él sin saberlo, y donde muchos seguramente también, tuvieron la última oportunidad de agradecerle ser los ojos del Señor y su Bendita Madre cuando ha tenido la oportunidad. 

Hoy despedimos en la tierra a Gallardo, el cual a buen seguro lee este artículo mientras lo escribo, pues ya estará en todos lados, pero de lo que estoy segurísimo, es del orgullo como persona que sentirá al ver en cada oportunidad que salga su nombre, cómo sigue vivo en el recuerdo, que es aquel que nos mantiene así, vivos, eternos, y es la gente quien elige quienes viven para siempre en esta ciudad.

Gallardo por ello nunca dió su última chicotá, ni tocó el martillo por última vez. Siempre, alguien lo recordará en un montaje, en un ensayo, en una cena, en un corrillo de risas, entre llanto estos días, que dará paso otra vez a las risas, pues las personas elegidas nos recuerdan que con una sonrisa hay que recordar a quien tanto bien hizo en nuestro interior, y no se merece una pena sin más, lúgubre y oscura. 

Dios te tenga en su gloria, chaval, pues eso es lo que eras, juventud lo que desbordabas aún habiendo sufrido en aquella pelea que no te apartó de los tuyos, pero esta enfermedad no da dos ni tres oportunidades. Es por eso que el cielo se te ha abierto, a buen seguro, y te ha recogido con aquellos seres queridos que te esperaban para abrazarte, que si algún miedo y con algún miedo vivías aquí, aquí abajo se ha quedado, pues arriba, solo descanso y paz mereces.

No se marcha un cualquiera, se marcha un gran capataz, un grandísimo costalero, pero una inconmensurable persona. Córdoba es menos Córdoba, las Cofradías tienen hoy menos valor humano con tu marcha, pero gracias, Gallardo, por tu lección de lucha en la vida por encima de Cofradías y demás, gracias por tus chicotás diarias cuando fueron duras, y gracias porque aún con un calvario que hacía cada día cuesta arriba, siempre la serenidad y la bondad nos transmitiste, ¡qué grandeza de persona! Todos siempre te recordaremos sea donde sea, dedicándote nunca esa última, sino, penúltima chicotá.