La crónica del Sábado Santo | Sevilla, relicario de la cristiandad

El Santo Entierro Grande, gran acontecimiento de los últimos años en la capital andaluza

Una efeméride como la del 775 aniversario de la restitución del culto cristiano en Sevilla se merecía un homenaje a sí misma como el que se vivió. Un museo andante, un relicario engastado con sus más preciadas joyas. Una renovación de las litografías de Grima, un siglo XXI donde la Semana Santa vive su mayor explosión. Lirismo barroco frente a rótulos contemporáneos de los comercios del centro.

El Sábado Santo se vivió en la carrera oficial con la llegada de la cofradía del Sol. El Varón de Dolores vencía al pecado. Sobre su recoleto paso triunfaba la Cruz sobre la muerte. Se vencía a la oscuridad en el Plantinar. Y detrás el Sol de la Madre alumbraba un palio de sabor antiguo, con San Juan y María Magdalena en una sacra conversación cobijada bajo la magistral pintura de Raúl Berzosa. Cuando el primero de los pasos bajaba por Villasís, en María Auxiliadora se anunciaba la salida de la Trinidad. La Paz y San Gonzalo ya habían abandonado sus respectivos templos para participar en el Santo Entierro Grande. Nazarenos blancos en el Porvenir y Virgen de los Reyes tras el misterio de San Gonzalo. Este permaneció unos minutos parado en San Jacinto debido al incendio en el cuarto de contadores de un restaurante.

Se vivieron estampas históricas de un día que nos reveló nuevamente el clasicismo en los Servitas. La cofradía de Dubé de Luque enmarcada en las aristas del tiempo. El Cristo de la Providencia y Nuestra Señora de los Dolores en el primero de los pasos y María Santísima de la Soledad con uno de los palios más emblemáticos. A su regreso, escasez de público, algo que agradecieron los presentes. Pocas sillitas y menos pipas en medio de un vendaval que se repite año tras año y que, de no poner freno, acabará arrasándonos.

La cofradía de la Trinidad contiene en sí misma la última Esperanza. No hay nadie más a quién asirse el último de los días. El misterio del Sagrado Decreto dio paso al de las Cinco Llagas. Detrás, el palio sevillanísimo con la dolorosa astorgueña, y la Oliva de Salteras como banda sonora de la Esperanza que un día fue de color blanco.

El Santo Entierro Grande lo abrió la cruz de guía de la corporación de San Gregorio. Detrás, el Triunfo de la Santa Cruz. Contaban con siete minutos los siguientes pasos para transitar por la carrera oficial. Comenzó con el huerto de los olivos —Montesión—, y prosiguió con el beso de Judas —Redención—, el Soberano Poder ante Caifás, la flagelación —Cigarreras— la coronación de espinas —Valle—, la sentencia —Macarena—, la entrega de la cruz a Jesús —la Paz—, el camino al Calvario —Pasión— y la calle de la Amargura que con la dolorosa de San Juan de la Palma. A continuación, la tercera caída de Cristo —Esperanza de Triana—, la crucifixión —Exaltación—, la conversión del buen ladrón —Monserrat—, la expiración —Cachorro—, la muerte de Cristo —Calvario— y el descendimiento —Quinta Angustia—. Desfile de joyas únicas, piedras preciosas que la ciudad custodia como sus bienes más preciados.

En un cuarto de hora se había obrado uno de los milagros del día. Jesús era azotado en la antigua fábrica de Tabacos ante un público escogido a las cuatro de la tarde. Poco después en el atrio de la Macarena se leía la injusta sentencia de Jesús. Y en la calle Pureza el Hijo de Dios caía por tercera vez antes de que llegara al puente de Isabel II, que es la vía sacra de Triana.

Y a las cinco, la hora torera fue una verónica de pura sevillanía. Montesión, Redención, la Exaltación y el Cachorro. Así se continuó hasta que comenzó a narrarse el relato evangélico según Sevilla. Tras descartarse una concentración de los pasos estos accedieron a la carrera oficial por sus diferentes vías de entrada. Durante su discurrir, fueron sin música. Todos excepto la Amargura, que es el nácar de un relicario custodiado desde hace siglos en la ciudad.

Fotografías y vídeos. Móviles en alza en la plaza de San Francisco y en zonas aledañas. Todos para inmortalizar una ocasión que no se repetía desde 2004. Cada paso revelaba nuevos detalles. Cambios en las túnicas —sublime el Señor de la Sentencia con la de los cardos—, en los exornos —el de la Exaltación fue exquisito—, y en la música —entre otros la Agrupación musical Santa María Magdalena de Arahal tras Montesión—. A Pasión el sol besó los pies del Nazareno y detrás la Amargura lo buscaba con San Juan. A Dios por María. Stendhal no habría soportado la belleza que se obró en la tarde del duelo. En Montserrat vimos los ángeles que se vendieron a la hermandad de las Necesidades de Cabra y detrás al Cachorro con corona de espinas y potencias —dos al caerse una de ellas, recolocada una vez que llegó a la catedral—. Al Calvario le dio la luz y la Quinta Angustia volvió a dar su lección de catequesis.

Continuó el cortejo del Santo Entierro. Autoridades religiosas y civiles. El palco de las autoridades vacío porque acuden al entierro de Cristo. Avanzaba en su urna Jesús muerto, a la espera de la resurrección de la carne. Aquellos que nunca le dieron la espalda consolaban a la Virgen de Villaviciosa. Detrás, continuando con el orden de la nómina, la cruz de guía de la Soledad. Cortejo numeroso, con decenas de niños de monaguillos y otros de nazarenos. Azucena de San Lorenzo, que al pie de la cruz lleva la corona de espinas del hijo.

El alto número de visitantes dio para que en la ciudad se concentraran en distintos puntos. Así el misterio de San Gonzalo llevaba a su alrededor una marea humana. Por Adriano apenas podía avanzar y la policía apareció ya por Pastor y Landero. Menos masificado estaba el discurrir de Montesión por el museo. Mayor público con el Señor de la Sentencia o las Tres Caídas. Así hasta completar el rosario de los pasos que conformaron el Santo Entierro Grande. En el convento del Espíritu Santo se escucharon los cánticos de las novicias ante la Amargura y la iglesia de Santiago abrió de nuevo sus puertas. Cuando el misterio llegaba a la plaza, antes de terminar su recorrido, cayeron claveles blancos desde un balcón. Y a la entrada en la iglesia el sonido brusco del olivo seco se mezcló con la caída de las flores, que parecían rocío caído del cielo.

La noche fue consumiéndose lentamente. San Gonzalo entró en su templo poco antes de las dos menos cuarto de la madrugada. Después lo hicieron el Cachorro y Montesión. Los últimos pasos en acceder a sus templos fueron las Tres Caídas —a quien cantó una saeta Laura Gallego— y la Sentencia. Un sábado para la historia no podía acabar de otro modo. Las puertas de la basílica de la Resolana fueron las últimas en cerrarse. Quienes se marcharon de allí vieron nuevamente el rostro de la Macarena. La Esperanza, siempre la Esperanza.