La crónica | Dulce viernes de ocaso

Séptima jornada completa y con menos público

Sevilla despliega la nostalgia en sus calles por el final de su Semana Mayor, de los días del gozo que se anhelan el resto del año.

La ciudad ha despedido un Viernes Santo excepcional, con pleno de hermandades en la calle y cumplimiento riguroso de los horarios.

Entre lo vivido quedan recuerdos imborrables, como esa imagen esperada del Cristo de la Expiración, El Cachorro, con potencias y corona de espinas, elementos que no siempre son dispuestos para la Estación de Penitencia.

Junto al Señor, la elegancia de Nuestra Señora del Patrocinio bajo palio completa a la perfección la cofradía, destacando los claveles rosa pálido que lucía en las jarras y el portentoso conjunto de bordados y orfebrería.

Previamente, la Carrera Oficial enmudecía con el clasicismo medido de la Hermandad de la Carretería y la serenidad de la Soledad de San Buenaventura.

La primera de ellas deleitaba con los sones de la Banda de las Cigarreras en el misterio, el cual iba exornado de lirios morados; y la Banda Sinfónica Julián Cerdán de Sanlúcar de Barrameda en el palio.

Por su parte, la Virgen de la Soledad enamoraba un año más por su impecable atavía, mérito de su vestidor José Antonio Grande de León.

Pero sin lugar a dudas uno de los momentos cumbres llegaba con el paso de la cofradía de La O por el entorno del Archivo de Indias y la calle Santander. Tanto el paso del Nazareno acompañado por la Banda del Sol como el palio de la Virgen de la O con el Carmen de Salteras emocionaron al público asistente.

Es de reseñar asimismo el precioso gesto de la Hermandad de la O con otra de las corporaciones del día, Monserrat, al esperar arriado el paso de la Virgen de la O en silencio a que el palio de la última entrara por la Puerta de San Miguel de la catedral para continuar su recorrido por la calle Santander.

La algarabía de las cofradías de la trianera calle Castilla contrastaba con el nudo en la garganta de las saetas a la salida del Cristo de las Tres Caídas y la Virgen de Loreto de San Isidoro. El silencio, la voz del capataz y la maravilla del misterio y el palio de cajón completaban el binomio perfecto.

Y el día se completaba con la melancolía de Monserrat, en la primera salida de la dolorosa desde su peregrinación al monasterio del mismo nombre en Cataluña, el pasado mes de diciembre.

Como guinda del Viernes Santo, remataba el paso por Carrera Oficial el soberbio conjunto de la Piedad de la Mortaja, con los dieciocho característicos ciriales evocando a las personas que estuvieron presentes en el entierro del Señor.

Con ello, ya en la madrugada del sábado, finalizaba un viernes de postal que se grabará en el corazón de los cofrades de Sevilla.