La crónica | El Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina cumplió su cita con Córdoba

En una tarde de invierno de febrero, en la que hasta las nubes se asomaban para ser testigo de una tarde cofrade alrededor de dos santos que dejaron huella en nuestra ciudad, en San Agustín desde muy temprano se palpaba en el ambiente, sensación de Jueves Santo.

Muchas ventanas y balcones, y de manera especial todas las ventanas de la Residencia de Jesús Nazareno, estaban engalanadas con guirnaldas y girasoles para este día tan importante  para la familia Nazarena.

El Campanillo de la Iglesia Hospital de Jesús Nazareno empezaba a repicar a las 17 horas, momento que las puertas de «la casa de Jesús» abrieron para dar comienzo a una tarde para la historia. Asomaba la Cruz Parroquial de San Andrés que volvía a abrir el cortejo, como muestra de unión entre la Familia Nazarena y la Parroquia.

Seguidamente se daba paso a un gran número de alumnos del Colegio Jesús Nazareno, todos ellos ataviados con su uniforme escolar. A continuación, las representaciones de las Hermandades con vinculación con la orden hospitalaria, y tras ellas hileras de cirios de alumnos de Secundaria, devotos, cofrades y Hermanas Hospitalarias.

Y el momento esperado llegó, el Beato emeritense apareció en la Plaza que lleva su nombre, y a partir de ahí, el bello discurrir por las calles Jesús Nazareno y Yerbabuena, a los sones de «Oh Pecador» y «Orando al Padre», interpretadas de manera sublime por la Agrupación Musical de Ntro Padre Jesús de la Redención, hacia el deleite de los presentes. Y así, al son de «la cena del Señor, llegó el Beato Cristóbal ante sus favoritos, por los que tanto luchó en vida, los ancianos de la Residencia Nazarena. Algunos de ellos se unieron al cortejo del Beato.

Inolvidables fueron cada uno de los momentos en su presencia. Una presencia que fue inundando de magia cada una de las miradas que lo buscaban. El caminar jubiloso de la cuadrilla costalera, mandada por Francisco Luis Castaño Romero, y el contrapunto brillante de la Banda de la Huerta de la Reina se han convertido en una nueva simbiosis que han transformado la tarde noche del sábado en una nueva jornada que almacenar para siempre en el joyero imperecedero de los recuerdos imborrables de la Córdoba cofrade.

Tras cruzar el Realejo, el Sacerdote Emeritense llegaba a las puertas de San Andrés, su Parroquia, donde los esperaban las Hermandades «vecinas» y a su feligresía y sus niños del colegio le cantaron su himno. Desde allí, el Beato puso camino a su casa, juntos a sus ancianos. Momento que el corazón de los presentes le hacía palpitar que estaban viviendo ya algo tradicional en nuestra ciudad. Al son de la «Esperanza de María» el Beato enfilaba la calle Hnos. López Dieguez camino de su casa.

Mientras la tarde iba dando paso a la noche,  el Beato Nazareno llegaba a su plaza, a su Iglesia Hospital, a su casa. Y el pueblo, satisfecho por ser testigo de sus tradiciones, fue mutando sus oraciones en saludos y sonrisas que en presencia del Beato Cristóbal siempre vuelven a fluir.