La Borriquita abre la Semana Santa de la capital con una tarde, que se espera complicada como la del Sábado de Pasión
La ciudad se lava la cara, pero no se maquilla para el Domingo de Ramos. Es fácil de comprobar en detalles que van desde la vestimenta del público hasta el estado del asfalto de algunas calles por donde procesionarán las cofradías, pasando por los cables que son guirnaldas de otro siglo y la barredora de Sadeco a pleno rendimiento en la Ribera, a menos de cincuenta metros del palio de la Palma. O el lamentable público de la carrera oficial que no es capaz de aplaudir una entrada fastuosa como la realizada por el palio de la Palma.
Sin embargo es Domingo de Ramos, de tópicos y tópicos, pero pese a luchar contra los elementos (incluido el mantra del cambio climático, como si en Semana Santa siempre hubiera hecho buen tiempo y no fuera primavera), el escalofrío siempre regresa cuando se abren las puertas de San Lorenzo.
Con su salida difícil, con los niños en en cortejo y por fuera rebosando asombro, para recordarnos con su mirada una máxima inexorable, la Pasión, Muerte y Resurrección del Enmanuel, del Dios con nosotros, no es sino el reflejo exacto de nuestro paso por esta vida. Con un matiz importante, nosotros, a diferencia de Jesús de los Reyes, somos pecadores.
Bajando la arena, la mañana del Domingo de Ramos muestra el mismo cielo que le precedente. Con muchas nubes y un sol que cuando asoma pica, el cortejo va avanzando, sin poder evitar pensar en la comparación con la tarde del día anterior. El Profeta suena por Caído y Fuensanta, cuando Jesús de los Reyes abre la carrera oficial. Triana hace lo propio con la Virgen de la Palma, de la mano de la Sinfónica de Dos Torres.
Todo está escrito, el camino se ha iniciado una vez más y el de la Borriquita culminará en San Lorenzo. Ese Profeta es a lo que debemos aspirar, recordando que moriremos como él y resucitaremos en el último día, si somos merecedores de ello.
















































