El Domingo de Ramos es el día donde todo nace. Es entrar en otra dimensión. La realidad de todos los días pierde sentido frente a la magnitud celestial de esta semana de gozo. El sentido del tiempo ha desparecido porque Sevilla es el escenario donde revivimos los mejores días de nuestra vida, los de la infancia. Padres y abuelos vuelven a convertirse en niños tras los ojos brillantes de hijos y nietos que derraman felicidad.
El sol fue el protagonista de la jornada. Porque todo empieza con ese astro que es el canasto que sale desde el este de la Parroquia de San Sebastián. Y curiosamente tiene su auge en la calle homónima que bañada por sus rayos reciben a una Reina que con su advocación nos recuerda que está en el Subterráneo. Siempre con una banda que es el mejor complemento para sellar la delicia de un paso de palio romántico.
Es el Domingo de Ramos tan especial que en un día disfrutamos de toda la vida. Es la jornada más intensa desde la inocencia de un Dios que baja una rampa, aclamado por niños, sin saber que lo van a matar; hasta que ese mismo Dios regresa hecho un Cristo dando la primera lección de madurez. Porque el Domingo de Ramos es el día de los niños.De los que estrenan chupete con una túnica blanca sellada con la Cruz de Santiago hasta los que estrenan boquilla delante del Cristo de la Buena Muerte.

Y con los niños llegaremos a enseñarle la tradición familiar de ver a una cofradía en cierto lugar, del riguroso momento de ataviarse una túnica, del beso de una madre que ha vuelto a tener la ternura del que te dio el día que naciste – porque ayer Sevillano, volviste a nacer -, de soltar las mismas lágrimas de una Virgen trianera que le has vuelto a ver en el mismo sitio donde la contemplabas con tu abuela, y ahora tú la contemplas con tus hijos. Es tan grande la primera jornada de la Semana Santa, que Sevilla en una zancada se convierte en un imperio. Aquel presidido por un hombre que con túnica blanca conquista con el silencio, el instrumento con el que reza nuestra alma.
Solo 15 horas después. Pasaremos de nacer, a una sabiduría digna de la vejez que se impregna en el alma cuando pasa el Cristo del Amor. En ese momento los niños maduran, aprenden que la vida no es solo de colores – como las bolas de cera que cada vez se ven menos -, sino es de ruan oscuro. Y detrás de esos nazarenos de capirotes altos, está siempre Ella, una Madre que pone la dulzura a la jornada con el beso de buenasnoches de una madre a su hijo.

La vida sin altibajos y contrastes. Desde la alegría trianera de un barrio que levanta a su Señor hasta sentao, a la elegancia y el respeto que impone un palio cuando traspasa callejones imposibles. El Domingo de Ramos es belleza como ha sido el de este año. Es enamorarse y vivir con todas las hermandades, con las calles de una ciudad emplazada en el cielo y con el ambiente que invita a disfrutar de los mejores días de nuestra vida.
Quien salió ayer a las calles de Sevilla pudo disfrutar de tal manera que crea que no es digno de recibir tal deleite. Sin embargo, todo no fue la bella imagen de bambalinas airosas a toque de platillo. La ciudad siguió presentando su peor cara con la cantidad de basura que se veía en las calles. Un desastre que solucionó los equipos de limpieza con prontitud.
Finalmente, si prescindimos de esto, las peleas por orgullo y el problema de las sillitas, el Domingo de Ramos fue extraordinario, sublime, fabuloso. Así, hasta cuanto adjetivos podamos poner. Solo queda seguir viviendo porque aunque no lo creamos, quizá ahora viene lo mejor.





