La crónica | El Viernes Santo de Córdoba deja contrapuntos y la antesala de un improvisado sábado de procesiones

En las cofradías se proyectaron desde la austeridad hasta el sabor a barrio de algunas de ellas

La Semana Santa ya roza el fin de ciclo en Córdoba y la llegada de la Pascua marcará el particular año nuevo de los cofrades. Pero antes, la ciudad disfrutó de un Viernes Santo, pleno de hermandades en la calle y repleto del buen hacer de las seis cofradías que dan forma a la jornada.

Empezando por La Soledad, que volvió a dejar de manifiesto que trasladar su sede canónica a los Franciscanos fue todo un acierto. Así lo pusieron de manifiesto los niños que acrecientan el cortejo en cantidad y calidad, lo que deja patente la simbiosis a la que han llegado hermandad y colegio. Como la que mantiene la cuadrilla de costaleros que dirige Carlos Lara con la banda de La Estrella. Capataz y formación musical pusieron sobre la mesa elegancia, buen hacer y un nivel fuera de toda duda.

De La Expiración puede que esté todo dicho. Una cofradía hecha, elegante desde la cruz de guía hasta el último músico que toca para la Virgen del Rosario. El toque exacto entre lo fúnebre y lo clásico, como los sones de Amarguras nada más salir el palio y la maniobra perfecta dirigida por Juan Carlos Vidal y una primera chicotá como marcan los cánones. La medida precisa que también posee Ángel Carrero para comandar a los costaleros del crucificado.

Y dispuesto a poner de manifiesto uno de los contrapuntos de la jornada, el Descendimiento siempre lo hace valer, pero con la dosis adecuada. Barrio y noche de Viernes Santo. Una mezcla que expresa la banda de cornetas y tambores Caído y Fuensanta, así como la maestría de David Arce, al frente del misterio y del palio del Buen Fin. Los argumentos del capataz son demoledores en el mejor de los sentidos, los mismos que lo han convertido en toda una referencia en la ciudad y que lo llevaron a formar parte del equipo de la familia Villanueva en Sevilla.

En ese contrapunto también se halla La Conversión. El caminar del misterio demostró que la Semana Santa (Vísperas incluidas) de Enrique Garrido es de las que elevan a un capataz, que atraviesa un momento de madurez envidiable. Y solera pone la agrupación musical de la Redención de Córdoba, que suena fantástica cada año. A lo que hay que sumar ese sabor de barrio que lleva impresa la cofradía de Electromecánicas, que cada Viernes Santo realiza un importante esfuerzo con su extenso recorrido, que tuvo un poco de retraso antes de llegar a carrera oficial.

Cuando la jornada roza su final aparece la Hermandad de los Dolores. La cofradía de San Jacinto deja su sello, su cordobesía desbordante, la languidez del dolor de la pérdida, del vacío de la muerte, proyectados en el rostrillo de Nuestra Señora. Y, precediéndola, esa esencia de lo cordobés se envuelve en torno al Cristo de la Clemencia, que es el altar itinerante del Cristo de los Faroles, inserto en pleno corazón de Capuchinos. Además, el cortejo contó con la presencia en carrera oficial del alcalde, José María Bellido, con motivo del cincuentenario que este año celebra la corporación servita.

Cierra el Sepulcro, para dejar entreabierta la puerta de un Sábado Santo, que Merced y Estrella mostrarán que es posible, aunque con otras hermandades. El rigor del cortejo muestra la forma de entender una cofradía, el concepto, el caminar sin concesiones, el cuidado de cada detalle. Y la presencia, quién sabe si por última vez, del obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández.

Acabó el Viernes Santo con la solemnidad del funeral, de la muerte que espera el triunfo de la vida, pero antes dos hermandades llenarán de vida al sábado, antes de que lleguen la Pascua y el Resucitado.