Y termino este Lunes Santo acercándome a uno de los templos fernandinos de la ciudad más especiales. Mis pasos me llevan a San Lorenzo.
La Iglesia permanece abierta para la contemplación y veneración de las Sagradas Imágenes de la Cofradía en sus pasos.
La amenaza de lluvia deja a Córdoba sin una de las Cofradías más características de la ciudad, la que hace venir a gentes de otras ciudades sólo para contemplar el cortejo fúnebre por excelencia de la Semana Santa.
Hoy no sonarán las campanas de las iglesias por las que los nazarenos negros de los faroles en la mano hubieran pasado camino de la Catedral.
Hoy no se moverá al viento el velo de tinieblas ni la melena negra como la noche del Stmo. Cristo del Remedio de Ánimas. Ni podremos contemplar los enormes ángeles que custodian igualmente la tumba del Cardenal Salazar. O la calavera que nos recuerda nuestro fin.
Hoy no se oirá el rezo del Santo Rosario por nazarenos de ruan y fanal en mano por la collación de San Lorenzo. Ni los cantos sacros del coro de hombres tras el Hijo de Dios muerto en el Árbol de la Cruz y traspasado por tres azucenas de plata.
Ni Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas podrá rezar tras su Hijo, con las manos unidas en una oración eterna. Ni brillará el templete barroco que la alberga. Ni sus hijas entonarán cantos que intenten apaciguar el dolor de su corazón. Pues ya no tiene corazón, porque a su Hijo se lo ha entregado. Y la tristeza y la muerte se lo han apagado.
El ambiente en San Lorenzo es el mismo que cuando la Hermandad de Ánimas decide hacer Estación de Penitencia, pues el Señor de piel oscura y sudario rojo, el que muere el Lunes Santo, atrae a cordobeses y forasteros hasta su Iglesia cada año sin importar si los faroles alumbrarán la plaza o se quedarán apagados en el templo.















