El centro se convirtió en un laberinto que solo se despejó al final del día
Es de los Domingos de Ramos más confusos que se recuerdan. A diferencia de otros espléndidos pórticos de la Semana Santa, el de este año se configuró a partes iguales entre decisiones tomadas correctamente y otras que desafiaron a los partes meteorológicos, dejando estampas lamentables.
No fueron decisiones fáciles las que tuvieron que tomar. Las primeras miradas se posaron en San Julián y en El Porvenir, donde las hermandades de La Hiniesta y La Paz tenían que ser las primeras en poner sus respectivas cruces de guía en la calle. Sin embargo, lo que podría haber transcurrido por el mismo camino no fue tal. En la Ronda de Capuchinos podía verse familias enteras caminar hacia el casco antiguo en busca de la cofradía cuyos pasos son comandados por los Ariza. Apenas podía accederse ante la cantidad ingente de público. Algunos sevillanos esperaron hasta última hora para echarse a las calles, dado que los pronósticos llevaban días siendo poco halagüeños. Pero el cielo, tan solo plomizo, fue la señal que muchos necesitaban. Porque no caía una gota y los sones de María Santísima de las Angustias anunciaban una de las mañanas más hermosas del año.
Pero las puertas no se abrieron. Llovieron aplausos y se vieron lágrimas cuando en ese instante se anunció que La Paz sí realizaría su estación de penitencia. Tal contradicción en sentimientos encontrados provocó que la mayoría se marchara hacia la plaza de España. Cabify, Uber, taxi y las líneas C3 y 1 del transporte urbano con el cartel de lleno. Tanto es así que algunos autobuses ni paraban. Carreritas por María Auxiliadora para disfrutar de la cofradía del Porvenir, que decidía cambiar su recorrido. Ni siquiera llegó a la avenida de Portugal por la Borbolla sino que tomó en diagonal el aparcamiento trasero de la plaza de España, cerrada esta debido a los fuertes vientos. Pero no fueron estos los causantes de que se desdoblara en dos, sino la lluvia, que llegó para limpiar los cielos de una arena que manchó al público presente. Caía levemente y el primero de los pasos, con el Señor de la Victoria, con corona de espinas y potencias, sin metáforas manidas, simplemente perfecto, avanzaba entre los aplausos del público. Pero la segunda vez que el barro hizo acto de presencia, fue decisiva para que la dolorosa de Illanes regresase hasta su templo. Incomprendida fue, una vez cerca de la parroquia, la lentitud del palio recreándose con las marchas. El Señor de la Victoria se refugiaba en la catedral.
A esa hora ya se conocía que La Borriquita y Jesús Despojado saldrían al encuentro de los sevillanos. En el Molviedro se veía la cruz de guía asomar hacia el antiguo compás de La Laguna. Obra de Francisco Verdugo, dorada por los Hermanos González, con pinturas de Manuel Mazuecos, apenas pudo apreciarse en su máximo esplendor ante un cielo que continuaba encapotado. La Borriquita comenzaba la carrera oficial y en la plaza Carmen Benítez esperaban la salida de la cofradía de San Roque. La respuesta, negativa, volvía a provocar un éxodo, pero en esta ocasión desde extramuros hasta el centro. Porque En Los Terceros, los tres pasos aguardaban en el interior. Una plaza abarrotada, una calle, como Almirante Apodaca donde no cabía un alma más, y una ilusión que acabó materializándose cuando la cruz de guía comenzó su recorrido, pasando esta vez ante el templo de Santa Catalina. Nadie esperaba en sus puertas, tras ser cambio de última hora. La corporación anunció que alteraba su recorrido de vuelta, pero al final todo quedó en suspenso.
Los sevillanos se concentraron en el centro. Allí estaban la Borriquita, Jesús Despojado y la Sagrada Cena. Redes sociales en las pantallas de los móviles para conocer la decisión de La Estrella, que pedía una prórroga, quizá conociendo que, tal y como pintaba la tarde, ni La Amargura ni El Amor acudirían al centro. En el mismo instante de hacer pública la decisión y quedarse en el interior de su capilla, las miradas se levantaban en la calle Francos. La Virgen del Subterráneo había entrado en la catedral, el paso del Cristo de la Humildad y Paciencia tomaba Cardenal Amigo Vallejo y la cruz de guía avanzaba por Francos a la altura de una conocida casa de subastas.
La lluvia, otra vez, regresaba en forma de precipitaciones consistentes. Tanto caía que los paraguas tejieron un techo de cientos de colores como respuesta a un cielo que poco supo vestirse de Domingo de Ramos. Capotes para los titulares cristíferos de la Sagrada Cena, que regresaban a la catedral, donde esperaba la dolorosa atribuida a Astorga. Allí estaban también los dos pasos de la cofradía de Jesús Despojado, además del Señor de la Victoria. Ninguno regresó a sus templos.
La carrera oficial inundada de charcos donde debía haber cera. El centro despoblándose cuando tenía que encontrarse con la otra cara de la moneda —la Borriquita entró en su templo una hora antes de lo previsto y fue la única que completó la estación de penitencia— y los bares a rebosar porque, a pesar de las indicaciones, muchos no portaban los paraguas encima.
Caía la noche y La Amargura, ante cuyo azulejo anoche dos jóvenes pedían volver a verla a los sones de la marcha de Font de Anta, oficializaba que no salía. En su lugar, se rezaban las estaciones del vía crucis en el interior de San Juan de la Palma. La última decisión fue tomada por la hermandad del Amor. El Salvador, que había abierto sus puertas horas antes con cientos de niños inaugurando la carrera oficial, también se quedaba en casa, aunque la sensación en el seno de la cofradía sobrevolaba con la sonrisa inocente de los más pequeños. La rampa, que había servido de alfombra a la infancia, se mojaba con la lluvia incesante al igual que una ciudad que vio escapar un Domingo de Ramos que esperan que no se repita más.







































