El cielo, húmedo y plomizo, del Viernes Santo se desperezó encapotado como en los días anteriores. En momentos, los rayos de sol intentaban tímidamente salir y resplandecer, instantes en los que los cofrades de Córdoba tuvieron un atisbo de esperanza, que se fue difuminando triste y lánguidamente a imagen y semejanza de esta insoportable Semana Santa que se nos ha escapado de entre los dedos prácticamente sin que su aroma llegue hasta nosotros. Una jornada que vivió su primera suspensión este Jueves, toda vez que la Hermandad de la Conversión anunció que no realizaría su estación de penitencia en la Santa Iglesia Catedral por los desperfectos ocasionados por el viento en la estructura desde la cual realiza su salida procesional, por lo que la Hermandad se vio en la imposibilidad de montar el paso con seguridad de medios y personas.
Más allá de esta prematura suspensión, y ya en la tarde del Viernes Santo, la Hermandad de la Soledad era la primera en comunicar la suspensión de su Estación de Penitencia. La bella dolorosa de Luis Álvarez Duarte, entronizada en su paso adornado con rosas, eryngium, pistacia y dianthus, ha estado esperando a todos los fieles en la parroquia de Guadalupe. La corporación franciscana asumió con responsabilidad y madurez esta decisión. Entre los cientos de oraciones que se derramaron ante la Virgen se encontró la sentida oración en forma de música ofrecida por la Banda de Música de la Estrella que propició uno de los momentos más emotivos de la tarde.
La siguiente en decidir suspender su Estación de Penitencia fue la Hermandad de Los Dolores, que dejó huérfana de la mirada de la gran devoción cordobesa, que se hizo patente en la gran cantidad de fieles que se acercaron hasta la Plaza de Capuchinos para poder rezarle. También la insustituible dolorosa de Juan Prieto recibió una ofrenda musical, a cargo de la Banda Sinfónica Municipal de Dos Torres que no ha podido estrenarse tras la Señora de Córdoba. La Hermandad de Expiración se quedaba también en su sede canónica, la Real Iglesia de San Pablo. Pasadas las 19:00 horas, con el cielo entrecortado, anunciaba la decisión. En la iglesia fernandina quedaron, entronizados en su sobrio paso procesional el imponente crucificado dieciochesco y su bendita Madre, la Virgen del Silencio, al tiempo que la dulcísima Virgen del Rosario brillaba refulgente, a pesar de todo, en su magnífico paso de palio, obra de Díaz Roncero.
A las 19:30, y mientras la lluvia comenzaba a hacer estragos en la vecina ciudad de Sevilla, signo inequívoco de lo que le esperaba a Córdoba en apenas unas horas, sólo restaban dos hermandades de la jornada por concretar una suspensión que solamente era cuestión de tiempo. La primera de ellas fue la Hermandad del Descendimiento, que confirmaba su decisión justo a la hora en que estaba prefijada su salida. Una decisión tomada a pesar de no estar lloviendo a esa hora, pero donde se tuvieron en cuenta las previsiones meteorológicas que obraban en manos de la junta de gobierno de la corporación del Campo de la Verdad y constatando lo que sucedía en Sevilla. No se iba a arriesgar, a tenor que la Hermandad estrenaba el palio, la obra póstuma de Fray Ricardo, interpretada por Antonio Villar, su discípulo y amigo. Mientras, en Alcolea, la Virgen de los Dolores sí recorría triunfante las calles de la barriada cordobesa, envolviendo en una caricia el alma de los únicos cordobeses que han podido disfrutar de una cofradía este Viernes Santo de llanto y olvido.
Finalmente. desde La Compañía, la Hermandad del Santo Sepulcro, a las 20:30, optaba por la misma decisión por la que se habían decantado el resto de hermandades del día: no acudir a la Santa Iglesia Catedral a hacer Estación de Penitencia, para realizar el rito en el interior de la Parroquia de Santo Domingo de Silos, dejando a Córdoba sin la presencia del impresionante paso del Señor y del paso de palio en el que procesiona Nuestra Señora del Desconsuelo en su Soledad, acompañada de San Juan y María Magdalena, completando un día más sin Cofradías en la calle y condenando a la ciudad de San Rafael a otra jornada cuajada de ausencias, triste y desangelada. Un Viernes Santo de reflexión en las casas o en los templos. Un Viernes Santo donde el silencio se hacía pesado y el hartazgo se podía contemplar en aquellos que, paraguas en mano, se echaban a la calle para encontrarse con Jesús Sacramentado. Un Viernes Santo que nadie quiere volver a vivir.













































































