La Piedad de Palmeras estrena en su paso la imagen de Longinos, esculpida por Antonio Bernal
El cielo y la Aemet han convertido a la Semana Santa en una conversación de ascensor. Y en un montacargas no se suelen escuchar marchas por el hilo musical ni ver cofradías por la pantalla. Eso sí, en los más nuevos se puede ver el tiempo, que no falte.
El catastrofismo climático quiere apoderarse de las cofradías, pero, de momento, a ese camino aun le queda algo de trabajo y un halo de esperanza para no caer en su trampa mortal.
Y sin esa preocupación, por un día se pudieron ver a las seis hermandades de Córdoba con cierta tranquilidad, un toque de despreocupación y más gente en la calle. Así se configuró el perfume de un Miércoles Santo en que cofradías y capataces fueron de la mano de un día grandioso.
En San Roque, los mayores de la residencia de San Juan de La Cruz contemplaron la salida de la Hermandad del Perdón, que lo hizo con brillantez. Estrenando el recorrido que no se pudo contrastar en 2024, la estrechez de los primeros pasos del camino de la corporación dejaron en evidencia la solvencia de Luis Miguel Carrión, Curro; primero con el misterio y posteriormente con el palio del Rocío y Lágrimas. Todo milimetrado para disfrutar de una cofradía que sigue creciendo, gracias al impulso que le dio Fernando Castro, primero, y que Jesús Campos ha sabido seguir continuando a las mil maravillas.

En Capuchinos se agolpaba el público para escuchar los sones de la banda de La Salud, tras el misterio de Humildad y Paciencia, que dejó muestra del buen hacer de Vicente Mengual y su contrastado equipo de auxiliares y de una formación musical que demostró estar a un nivel digno de todo reconocimiento. Un caminar siempre espectacular que, este Miércoles Santo, tuvo un contrapunto de brillo con el estreno de Rafa Giraldo como capataz de la Paloma de Capuchinos. En 2024 caía agua y no pudo ser, este año llovieron pétalos al paso de la Paz y Esperanza, cuya cuadrilla dejó en evidencia que, pese a las dificultades que plantea un palio ochavado, con un gran capataz todo es posible y Rafa Giraldo lo es. Lo que no es de recibo es que Paz y Esperanza sea el himno reconocible de la Virgen, el mismo que debería sonar en los enclaves significados y, para salir y luego entrar en carrera oficial (aunque la citada pieza se tocó en Torrijos), se haga con Coronación de la Paz y Esperanza, una composición que -pese a la maestría y la alta sabiduría de su autor-, para el profano es una mezcla de un pasodoble taurino y una copla cañí. Tal vez, trajo mala suerte y la cofradía no atravesó los Jardines de Colón, de regreso a Capuchinos.

La sorpresa de la jornada llegó poco antes de la salida procesional de la Hermandad de la Piedad. El misterio salió de San Antonio María Claret estrenando la imagen de Longinos, que realizó Antonio Bernal. Una espectacular talla para la cofradía de Las Palmeras, que engrandece al misterio que lleva al crucificado del mismo autor y la Virgen que, en su advocación lleva -entre otros- el título de Esperanza y, que se sepa, no estará en la Magna. Pero dio igual, porque en Las Palmeras se están haciendo las cosas bien, al ritmo adecuado, como quedó en evidencia este Miércoles Santo. La corporación concluyó su estación de penitencia en la Catedral. No terminó carrera oficial.

El discurrir del Calvario siempre es elegante y languideciente y en este 2025 no fue una excepción. De la mano de Jesús Ortigosa, el Señor anduvo con precisión, gusto y poderío, dando muestra del buen hacer de un capataz que con el palio del Mayor Dolor estuvo algo más discreto. Pero ello no fue óbice para que su labor fuera notable, aunque se eche de menos un salto en otros apartados (llámense patrimoniales) en la corporación de San Lorenzo. Cuando se acercaban a carrera oficial los primeros chispeos de la tarde llegaron, pero la lluvia, afortunadamente, no pasó de ser fina, eso sí, durante bastante tiempo.

La Misericordia fue otro ejemplo del buen hacer de los capataces cordobeses. En esta ocasión, del titular de los dos martillos de la institución penitencial, Enrique Garrido. Con un estilo muy definido, si algo tiene el capataz es que sin perder su impronta sabe adaptarse al sello de cada cofradía en la que trabaja. Así, desde la bulla de La O al clasicismo de la hermandad de San Pedro, Garrido volvió a mostrar los puntos fuertes de las cuadrillas que portan al crucificado y a la Virgen de las Lágrimas. Y todo esto con un discurrir del cortejo, marcado por el buen gusto.

En San Basilio el tiempo pasa diferente, a otro ritmo, con el sabor a barrio que mantiene Pasión, pese a que los rigores del turismo parecen haber afectado a su idiosincrasia. Se pudo paladear en el caminar de un cortejo que conserva el sabor añejo del Alcázar Viejo y que vibra con los sones de Santo Tomás de Villanueva, tras el paso del Nazareno. Y en la proyección majestuosa de la Virgen del Amor que, de la mano de José Alberto Roldán sigue creciendo al compás que marca su capataz y que reproducen a la perfección sus costaleros.

El Miércoles Santo no fue, en Córdoba, una conversación de ascensor aunque la lluvia apareciese y los meteorólogos fallasen en bloque. Algo que no es nuevo y no es porque la lluvia fuese débil hasta que dejó de serlo, sino por el detalle de alarmar, tranquilizar al turista mesetario cuando se acercan los días del turismo y, entre tanto, los cofrades siguen ese juego de trileros del que tanto se acusa al presidente (tal vez, porque todos somos iguales).
Y, pese a todo, fue un día de matices y de la rotundidad de la Hermandad de la Paz, que congrega multitudes y desata pasiones en la supuesta antesala de los días grandes de la Semana Santa, pues esa cofradía, por sí sola, hace enorme al Miércoles Santo.












































































































































