La decadencia (y V)

Este mes de junio que se marcha nos deja varias estampas para el recuerdo. Desde la salida extraordinaria del Cristo de los Desamparados del Santo Ángel, el exquisito exorno floral de los pasos de la festividad más antigua de Sevilla o la procesión eucarística con la imagen de San Gil con motivo del LXXV aniversario de la apertura del templo homónimo. Se nos quedan también ideas que se difuminarán con el paso del tiempo, como el respeto de quienes se han acercado a contemplar al Santísimo en las diversas collaciones de esta ciudad, nada que ver con el que acude a las penitenciales. Las pipas, sillitas, empujones y espectáculos arrabaleros nos dan un respiro que se agradece.

Sin embargo, para quienes entendemos el aspecto sacramental como el universo que es, queda en la memoria esa sensación de frío, incluso de apatía, que para muchos representa el carácter sacramental. La verdad más pura relegada a unas escasas páginas de nuestro álbum de la memoria, que prefiere albergar instantáneas de Semana Santa, del mismo modo que los medios de comunicación nos arrollan con información cofradiera todo el año y dedican insignificantes espacios para hablar del horario de las procesiones eucarísticas, ya ni siquiera de la importancia de las mismas. El público demanda artículos, reportajes, vídeos de cuaresma y Semana Santa. El medio, como organización mercantil, busca la rentabilidad ofreciendo este tipo de contenidos. Incluso cuando se escribe del Santísimo Sacramento parecemos hacerlo con la única intención de informar sin caer en la cuenta del privilegio que es tener a Dios por las calles y de lo que ello significa. Solo a un número reducido de personas interesan las hermandades sacramentales. Pocas convivencias, contados encuentros. No imaginaba Teresa Enríquez la debacle de hoy en día.

A mediados del siglo pasado comenzaron a unificarse las adoraciones nocturnas masculinas con las femeninas, ya que mantener la división acabaría provocando la desaparición de bastantes de ellas, debido al escaso número de integrantes. Hoy, más de media centuria después, un nutrido grupo de estas cuenta con un altísimo porcentaje femenino y de avanzada edad. Si en 2005 se exponía el Santísimo 24 horas al día para su adoración eucarística perpetua en la capilla de San Onofre, en la plaza Nueva, varios años más tarde ya se buscaban acompañantes para una red humana que conformaban alrededor de seiscientas personas. Allí, en el centro de la ciudad, transitan miles de individuos por sus aledaños, sin saber que, frente a la parada de metro, hay un reducido espacio del convento Casa Grande de San Francisco, donde uno puede acompañar a Jesús Sacramentado. El Jubileo de las cuarenta horas también está presente en la ciudad. Incluso nunca se vieron tantas procesiones eucarísticas como hoy en día, pero aquí, al contrario que sucede con los innumerables vía crucis de cuaresma, el número de los que acuden a encontrarse con Jesús es muy limitado.

Incluso el arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, declaraba a mediados de noviembre del año pasado, con respecto a las hermandades sacramentales, que “no veneran a una representación del Señor o de la Santísima Virgen, sino al Señor mismo, presente en la Eucaristía, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad, con una presencia real, verdadera y sustancial”. Afirmó también tener la esperanza de que “las hermandades sacramentales puras se revitalicen, añadiendo que crezcan en número de hermanos y ocupen el lugar que les corresponde”. Estas opiniones fueron vertidas tras responder a las preguntas que cada semana formulan los lectores del semanario diocesano de la iglesia de Sevilla. En este mismo encuentro continúo haciendo hincapié en las hermandades que no han perdido su carácter sacramental, proclamando que “es menos relevante que los misterios del Señor o de María. Qué bueno sería que no olvidaran sus raíces y potenciaran su dimensión sacramental, pues no en balde la Eucaristía es el corazón de la Iglesia, su mayor tesoro, el centro y culmen de la vida cristiana”.

Pero nosotros nos olvidamos de lo fundamental. Incluso en las vísperas de la procesión del Corpus y el día de esta gran fiesta el tema se centra en los altares o en lo pesado que se hace presenciar el desfile. Si las redes sociales son el termómetro social, este parece arder de frío a tenor de los pocos que abordan la grandeza de Jesús Sacramentado. Las ideas para revitalizar esta fiesta pueden ser bastantes pero nadie da un paso al frente para intentar frenar esta sangría de fieles. Las reformas de horarios, representaciones… aspectos dignos de ser abordados con tal de devolver la luz que esta celebración merece. Sin embargo, por encima de todos estos temas, se encuentra el de intentar remediar el mal que está comenzando a devorar lentamente la médula sobre la que se sustentan las hermandades: la crisis de cristianismo que convierte a esta religión en una creencia estadísticamente estancada ― como dijera el teólogo Julio de Santa Ana ―. Perdiendo esta esencia solo sobreviviría el aspecto superficial, quedando huérfanos todos aquellos principios sobre los que se sustentan las hermandades y cofradías.