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La devoción a San Sebastián, protector contra las epidemias

En estos tiempos de pandemia, donde el miedo al contagio nos hace buscar protección en todas las medidas recomendadas por la ciencia, es necesario muchas veces recordar nuestro pasado para reflexionar y no caer en la desesperanza.

Recuerdo hace más de un año, cuando comenzó a hacer estragos la actual epidemia del COVID -19, como un amigo me preguntó, como si yo fuera un vidente: ¿Cuánto tiempo va durar esto? A lo que le respondí: unos años.

Mi interlocutor se sorprendió, por lo que yo alegué, que como historiador, conocía como desde la Edad moderna, los brotes de peste -entiéndase a cualquier infección contagiosa- se aletargaban varios años.

Teniendo en cuenta los abismales avances médicos con respecto a los de hace siglos, existen ciertas medidas preventivas que no han cambiado mucho desde entonces. Un ejemplo lo encontramos en los llamados ahora cierres perimetrales, y que en los siglos XVI y XVII se denominaba: cerrar los pueblos.

El objetivo tanto hoy como hace 400 años era el mismo, evitar que la enfermedad se expandiera por otras poblaciones. Y tanto en el pasado como en la actualidad, se demostraban ineficaces si no se practican con extrema rigurosidad.

De la misma manera, en estos días de avance de la enfermedad, es bueno recordar cómo la población buscaba la protección divina, recurriendo a las figuras de los santos mediadores contra la peste. Uno de los más nombrados desde la antigüedad como defensores contra la enfermedad sería San Sebastián, al cual las autoridades religiosas y civiles invocaban como último remedio.

San Sebastián . Vasco de Pereira. Parroquia de la O de Sanlúcar de Barrameda.

En el caso del Mártir Sebastián, como explica la hagiografía, fue un soldado romano que murió asaeteado por sus propios compañeros de armas en tiempos del emperador Diocleciano, siendo su cuerpo sepultado en las catacumbas romanas que tomaron su nombre.

De esta forma, la devoción al mártir, uno de los más representados en la historia del arte cristiano, se extendió durante la Edad media y Moderna como consecuencias de las epidemias que asolaron Europa.

En el caso de Andalucía, son muy numerosas las poblaciones que lo nombraron patrón protector de sus ciudades, como acción de gracias por haberlas protegido de la enfermedad; o bien para que éstas no volvieran a propagarse.

En el caso de Sevilla, se conoce como desde mediados del siglo XIV existía una ermita dedicada al santo donde además se erigió una hermandad en 1475. De igual forma, la religiosidad popular, hacía que por muchos barrios de la ciudad se erigieran altares y hornacinas donde se le daba culto.

En la misma línea, sabemos, por ejemplo, que igual a muchas ermitas, al estar alejadas de los núcleos urbanos, serían utilizadas como lazaretos para acoger a los infectados.

En el caso de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, la documentación nos afirma que, durante la peste de 1569, el cabildo alojó a los enfermos en dicho templo. Pero lo más sorprendente, es cuando se afirma que una persona anónima, denominado el Santón, era el único que se atrevía a asistirles.

Pero el culto a San Sebastián no se quedaba en las funciones religiosas, el fervor popular llevó desde épocas muy tempranas a que se organizaran peregrinaciones a sus templos el día 20 de enero.

En Sevilla, se conoce como desde 1504, se celebraba una romería a la ermita donde asistía con toda la pompa el clero catedralicio acompañado de los ministriles de la catedral metropolitana. La fecha de inicio de la tradición, no es casual, ya que el reino de Sevilla se vería azotado desde 1502 por una pandemia pestilente.

De esta manera, el III Duque de Medina-Sidonia, Juan de Guzmán, implantó el culto al santo en sus dominios como remedio contra el mal.

Otro ejemplo del fervor a San Sebastián, lo encontramos en el romance que el poeta sevillano Francisco de Eraso y Arteaga (1620-1669) le dedicó al mártir con motivo de las fiestas que se celebraron en Sanlúcar de Barrameda por el fin de la peste de 1647.

En 1652, en la villa gaditana, tuvo lugar una corrida de toros, junto con juegos de cañas, en honor al mártir como agradecimiento por el fin de la enfermedad: «Esta ciudad esta pues reconocida festexa, peligros que siendo muchos en tanta Bonança quedan. Y en el día de aquel santo que cubren nerbadas flechas, porque por bocas distintas quiere que su fe se bea. Aquel Sevastián glorioso, San Telmo de esta tormenta, a quien peligrando todos le buscan quando le encuentran.[…] Toros y cañas elixencon que dieron clara muestraque los peligros no escusanaun en el goso que espera. Botaron diestros caudillos que cuydadosos yntentanque aunque fenesca su gozoque su fama no fenesca».

Finalmente, durante el siglo XIX la devoción a San Sebastián, quedó en algo residual, como consecuencia del fin de los brotes pestilentes.

En la actualidad, aunque muchos pueblos siguen celebrándolo como su patrón con salidas procesionales, el recuerdo sobre la causa se ha olvidado. De esta forma, es interesante recordar como durante siglos, las gentes se encomendaron al mártir como último remedio contra un mal, que como el que estamos padeciendo, parecía no tener remedio.

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