La entrada en Carrera Oficial del paso de misterio de Humildad y Paciencia, de la Cofradía de la Paz, durante este Miércoles Santo ha dejado una impresión inequívocamente decepcionante desde una perspectiva que no puede desligarse del rigor y la exigencia que reclama un instante de tal trascendencia para una cofradía de la importancia de la capuchina.
Conviene recordar que la Carrera Oficial no comienza en la Puerta del Puente, sino en el preciso momento en que la hermandad solicita la venia y atraviesa el palquillo de entrada, verdadero umbral simbólico en el que la cofradía expone sus credenciales ante la ciudad. Es ahí donde se concentra una densidad ritual y representativa incuestionable, un espacio en el que la forma no es accesorio, sino esencia.
Sin embargo, la entrada del paso de misterio se produjo al son de tambor, una circunstancia que resulta, a juicio de quien firma estas líneas, incomprensible, inasumible y absolutamente censurable. De poco sirve darlo todo en el resto del recorrido si, precisamente en el instante en que la cofradía se presenta ante el conjunto de la ciudad, se incurre en una decisión que quiebra la solemnidad inherente a ese momento fundacional. Los usuarios de los palcos que se encuentran antes de la Puerta del Puente pagan su abono religiosamente exactamente igual que el resto y no merecen ver pasar al misterio de Humildad y Paciencia a tambor, desenvolviéndose como un mero trámite.
Nos hallamos, sin ambages, ante un lunar de notable entidad, cuya responsabilidad —sea de quien sea— debe ser objeto de reflexión para evitar su reiteración. La exigencia, lejos de ser una pretensión arbitraria, constituye una obligación consustancial a la propia naturaleza de la estación de penitencia.
El paso de misterio de la Cofradía de la Paz, reconocido como uno de los más relevantes, impactantes y significativos de la Semana Santa cordobesa, no puede permitirse concesiones de esta índole. Su categoría artística, su peso devocional y su proyección pública exigen una coherencia absoluta en todos y cada uno de sus tramos, especialmente en aquellos de mayor visibilidad. Humildad, uno de los misterios más esperados de toda la Semana Santa de Córdoba, no puede entrar así en carrera oficial. Punto.
Lo acontecido en este punto concreto no desvirtúa el conjunto, pero sí introduce una disonancia de calado que debe ser señalada con claridad para que no se repita. Porque en la Semana Santa, donde cada gesto adquiere una dimensión simbólica, existen momentos que no admiten fisuras, ni improvisaciones, ni decisiones que comprometan la altura de lo que se representa.
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