Cruz de guía | La Semana Santa del viento

Llegados al ecuador de la Semana de Pasión, el balance alcanza un nivel muy positivo, pues, por un año, nos hemos olvidado del líquido elemento que tanto estrago causó en los últimos años. Pero esta estabilidad no ha estado acompañada dela tranquilidad que merece un tiempo soleado debido al viento que ha golpeado algunas ciudades en demasía.

Ese aire, caprichoso y a veces violento, se ha convertido en el invitado inesperado en la provincia de Jaén que ha obligado a los cuerpos de capataces a trabajar con una tensión extra bajo las trabajaderas. Hemos visto palios pelear contra las rachas para no perder la verticalidad, mientras el sonido de las bambalinas chocando contra los varales se volvía más errático y metálico que de costumbre. El viento, ese enemigo invisible de la cera, ha dejado estampas de altares itinerantes sumidos en una penumbra prematura, recordándonos que, incluso cuando el cielo está limpio de nubes, la naturaleza siempre se guarda una carta para recordarnos nuestra propia fragilidad.

Sin embargo, nada ha podido frenar el hambre de calle. Ni la pelea de los encendedores por mantener viva la llama en los guardabrisas, ni el esfuerzo de los músicos por hacer sonar el metal contra la corriente, han deslucido un balance que sigue siendo victorioso. Al cruzar este ecuador, la sensación es de una gratitud inmensa: preferimos mil veces el azote del viento que despeina las plumas de los romanos al llanto de la lluvia que encierra las ilusiones en los templos.