Siempre he sentido un vínculo afectivo singular con la Hermandad del Prendimiento y, de manera muy particular, con la Virgen de la Piedad, un afecto que no nace de la casualidad, sino que hunde sus raíces en la memoria familiar. Aún resuena con nitidez aquella expresión repetida por mi padre cuando acudíamos a contemplar la cofradía: “la Piedad”. Probablemente, aquella predilección encontraba su fundamento en los lazos de amistad que le unían a quienes formaban parte de aquel paso de palio -el apellido Vizcaíno tiene mucho que ver en ello-, pero lo cierto es que, con el paso del tiempo, aquella inclinación se convirtió también en herencia emocional propia.
Desde entonces, mi relación con la Hermandad Salesiana, y especialmente con su dolorosa, ha estado marcada por una cercanía constante, por una forma de mirar que trasciende lo estético para adentrarse en el terreno de lo íntimo. Por ello, asistir en estos días al discurrir triunfante de la Virgen de la Piedad bajo el cielo luminoso de la primavera cordobesa, revestida con un palio que responde plenamente a su dignidad, ha supuesto una experiencia profundamente conmovedora.
El nuevo conjunto, nacido de la creatividad de Julio Ferreira y materializado con la maestría ejecutiva de Jesús Rosado, se presenta no solo como una obra de arte, sino como la materialización tangible de una aspiración largamente anhelada. En cierto modo, y así tuve ocasión de compartirlo con mi hijo, se trata de un sueño cumplido, de una imagen que durante años habitó en la imaginación y que hoy se hace realidad con una rotundidad incuestionable.
Porque ver a la Virgen de la Piedad bajo el palio que le corresponde no es únicamente un logro estético, sino una reivindicación histórica. Es el reconocimiento a una hermandad que, por su trayectoria, por el compromiso de sus hermanos y por la solidez de su identidad, ha estado siempre llamada a ocupar un lugar destacado dentro del conjunto de la Semana Santa de Córdoba.
En este sentido, resulta ineludible reconocer el papel desempeñado por las sucesivas juntas de gobierno, que en los últimos años han sabido conducir a la corporación hacia el lugar que legítimamente le pertenece. Un proceso paulatino, sostenido y firme, que ha permitido consolidar un proyecto global en el que cada elemento encuentra su sentido dentro de un discurso coherente.
El palio de la Virgen de la Piedad se erige así como la culminación de un itinerario patrimonial que arranca en la cruz de guía, encuentra continuidad en un paso de misterio que, cuando esté completamente finalizado, promete ser de una riqueza excepcional, y alcanza su plenitud en un conjunto que se presenta como refulgente, esplendoroso e imponente, hasta el punto de que las palabras parecen insuficientes para abarcar su magnitud.
Es, en definitiva, la guinda de un proceso largamente esperado, un horizonte que ha requerido tiempo, esfuerzo y convicción, pero cuya consecución demuestra que la espera, cuando está sustentada en la fe y en el trabajo bien hecho, siempre merece la pena. Porque, finalmente, la Virgen de la Piedad posee aquello que desde siempre le correspondía: el palio que su historia, su hermandad y su devoción reclamaban con justicia.





