Se cierne la noche sobre la ciudad de Córdoba. Se hace el silencio al paso firme y elegante del enigmático Cristo de las Penas, que cierra sus ojos por el peso ineludible de la muerte. A su lado, la Virgen de los Desamparados eleva la mirada al cielo en eterna súplica, alumbrando la oscuridad de un Domingo de Ramos ya agonizante.
Atraviesa las calles el sobrecogedor crucificado del Remedio de Ánimas, como una daga sigilosa de misticismo y sobriedad cordobesa, deslizándose entre una espesa nube de incienso, acompañado en su recorrido por el solemne rezo del miserere que parece llevarse consigo las últimas horas del Lunes Santo.
Sigue los pasos del nazareno la Virgen de la Caridad, con su inigualable dulzura y los ojos hinchados del llanto, avanzando a los sones fúnebres que tanto evocan el simbolismo que antaño se reflejaba en su palio oscuro y sus inolvidables rosas rosas.
Busca de nuevo su templo el Cristo de la Misericordia, dejando tras de sí la estela de otro Miércoles Santo. Silencio Blanco llena cada rincón de la plaza, mientras el crucificado se detiene a descansar, desplomado, frente a la monumental San Pedro, que ya lo aguarda con las puertas abiertas.
La Virgen de las Angustias se mece acompasadamente por San Agustín, contemplando un año más el cuerpo sin vida de su Hijo, que yace en sus brazos contraído aún por el dolor y el amor que solo Juan de Mesa podía imprimirle.
Nace de las entrañas de San Hipólito la Reina de los Mártires, rompiendo a golpe de varal el silencio de la madrugada que por derecho propio lleva el hermoso nombre de la Buena Muerte.
Se escapa la Semana Santa entre las rejas del cancel de San Pablo, que se cierran lentamente con la Virgen del Rosario perdiéndose en la lejanía y el último aliento del Cristo de la Expiración que, en su versión de marfil, muere resignado sobre el manto de la Madre.
El sol baña los balcones de la Plaza del Conde de Priego. Cristo ha vuelto a resucitar en Santa Marina y la Virgen de la Alegría pasea radiante su sonrisa por la ciudad que, incondicional e impaciente, esperará su regreso junto a la efigie del inmortal torero. Y así, de los recuerdos recientes y sus imborrables huellas florecerá una vez más el deseo renovado que, durante meses, hará a Córdoba soñar con el año que viene.
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