Esta noche un capataz, Juan Francisco Rodríguez Aguilar, ha sido el encargado de dar el Pregón del Costalero de la Hermandad de la Sagrada Cena. Y puso los puntos sobre las íes. Hacia falta un Pregón así. Sin tapujos, sin cortinas. Las verdades dichas por derecho. Emocionado en grandes partes del mismo, expuso la realidad que vivimos hoy en día en este mundo tan peculiar de los costaleros. Como ha comentado otro capataz que estaba allí, José Fernández, capataz del palio de Ntra. Sra. de la Merced, «el pregón que le hacía falta al mundo del costalero en Córdoba».
El acto comenzó con la intervención de la Agrupación Musical Sagrada Cena que volvió a demostrar que se halla en la senda correcta y que el esfuerzo cotidiano y el trabajo colectivo son los elementos que fundamentan un presente incuestionable y un futuro plagado de ilusiones y éxitos. Al término de su actuación, que fue despedida con un sonoro aplauso, subió al atril Pachi Giraldo que agradeció al pregonero haberle elegido para realizar la presentación e hizo un recorrido por la biografía del protagonista antes de cederle los trastos. Muy divertida fue la alusión a la leche de pantera que afirmó Giraldo que Rodríguez Aguilar les hizo beber a los miembros de aquella primera cuadrilla de Nuestro Padre Jesús de la Redención de la que formó parte.
El pregón tuvo de todo, momentos para la sonrisa y para la emoción, pero sobre todo una dura crítica a todo lo que en opinión de Rodríguez sobra en el mundo del costal actual. Tras recordar el histórico Vía Crucis protagonizado por el Rey de San Fernando, el pregonero, que afirmó que «no me gustaría dejarme a nadie en el olvido», rindió un sentido homenaje a sus padres y a su esposa por prestarles siempre su apoyo y estar siempre ahí, siendo «partícipes de esta forma de vida».
El pregonero tras poner de manifiesto que «la ilusión nunca la debemos perder», dejó un sincero recuerdo a esos costaleros antiguos, a esa otra época, poniendo el énfasis en las diferencias con la actualidad y dejando claro que en «algunas cosas se ha mejorado y en otras se ha ido hacia atrás». Una de sus críticas más ácidas la sufrió la Real Academia de la Lengua. En opinión de Rodríquez, la definición de costalero que se incluye en el diccionario es «tremendamente incompleta». «Ser costalero es una forma de vida, de sentir, de ser…» afirmó el pregonero, que concitó toda la atención del respetable en todo momento, sobre todo cuando leyó aquella primera carta en la que se comunicó con sus costaleros de la cuadrilla del paso de misterio de la Estrella y en la que les exponía su visión de lo que debía ser una cuadrilla, dejando claro desde el primer día que quienes no compartiesen esa visión de compañerismo, humildad, trabajo desinteresado y prioridad por las cosas realmente importantes en lugar de la parafernalia y lo accesorio no tendrían hueco entre sus hombres.
Tras recitar una emotiva oración para los más necesitados «que buscan un rayo de felicidad sin encontrarlo», el pregonero afirmó «qué difícil y qué fácil es ser costalero», profundizando en esta idea explicando lo sencillo que es ser un costalero de cara a la galería, preocupado sólo por la pose mientras lucen «esos costales que están diseñados por los más atrevidos de la moda… » y las cosas insustanciales y qué difícil es ser un verdadero costalero, que ayuda a los demás, que mira siempre por el beneficio colectivo por encima del egocentrismo y el afán de notoriedad. En este sentido, el discurso de Rodríguez alcanzó su máxima cota de crítica afirmando que «no todo vale» al tiempo que advertía que «tenemos la obligación de ser honestos». Toda esta parte del pregón giró en torno a la idea de que son estos individuos, «los que llegan y todo lo saben, doctores en la materia», los que desde dentro le hacen un daño incalculable al mundo del costal y, por extensión, al de las cofradías y que llegado el caso, los demás, los buenos costaleros deben arrinconarlo y, en su caso, sacarlos de este mundo… «no vamos a permitir que quienes quieren acabar con nuestras cosas lo hagan».
«Debemos ser conscientes de que cuadrillas y hermandades están por encima de nosotros», así de contundente fue el Hermano Mayor de la Estrella quien, como ya hiciera en la entrevista concedida a Gente de Paz hace unas horas dejó claro que el costalero es importante pero no imprescindible y que se le ha dado más importancia de la que se debe en los últimos años. «Hemos sido algunos capataces los que hemos creado enfrentamientos con juntas de gobierno para sentirnos respaldados… dándole al costalero una importancia que no debe tener», dijo Aguilar en este sentido. En este punto de su alocución narró una anécdota que ocurrió con parte de una cuadrilla que esperaba a incorporarse en el siguiente relevo con un malestar generalizado «porque al otro relevo se le tocaban más marchas» y cómo se les hizo ver que su actitud estaba errada porque lo trascendental no era aquello de lo que se quejaban sino llevar a quien llevaban. El capataz finalizó la anécdota explicando cómo la siguiente chicotá de aquellos hombres fueron 200 metros de granadera, 200 metros emocionados porque habían comprendido su error.
Cerca de la conclusión de su magnífico pregón, Rodríguez Aguilar hizo emocionado recuerdo a los costaleros que «ya no están entre nosotros», pasando a continuación a «crear» un credo costalero a partir del credo legionario, basado en el espíritu de trabajo y de sacrificio, para culminar afirmando que «debemos ser costaleros todo el año». Con emoción contenida y un nudo en la garganta al recordar uno de esos momentos en los que «uno parece enfadarse con Él por no comprender por qué ocurren las cosas que ocurren», finalizó un pregón excepcional, singular, diferente. Un pregón para reflexionar y para recordar. Un pregón para aprender. El pregón que el mundo del costal necesitaba.





