A veces la vida y las vicisitudes que marcan el devenir de los acontecimientos, obliga a cerrar puertas que se erigen como fronteras imaginarias entre el pasado y el presente. Algo así está viviendo en estos días Hermandad de la Esperanza a consecuencia del sobradamente comentado cierre del convento de Santa Isabel de Los Ángeles, conocido popularmente como San Pancracio.
Un cierre derivado de la venta del inmueble para convertirlo en un establecimiento hotelero que ocupó meses atrás la actualidad de una ciudad que asiste cariacontecida a la pérdida creciente de muchos de sus símbolos y de parte de su historia y que en esta ocasión, una vez más, ha visto como un pedacito de su pasado se marchaba para siempre por las cosas del destino entre la tristeza por la pérdida y la impotencia de no poder hacer nada para evitarlo.
Una perdida que en el caso de la Hermandad de la Esperanza adquiere un significado muy especial ya que en el convento del barrio de Santa Marina, durante décadas se almacenaron multitud de enseres de la corporación que un día vivió en el Barrio de los Piconeros, marchó a San Andrés y circunstancialmente, hábito un cuartito en el convento de Santa Isabel de cuyas puertas, los que ya tenemos cierta edad, vimos salir al cortejo verde y blanco de la Gitana de Cerrillo.
Con el cierre de las puertas conventuales se cierra una página de la historia de la Corporación del Domingo de Ramos, que estos días ha procedido al traslado a su casa hermandad de la calle Escañuela de aquella parte de su patrimonio material que aún descansaba entre sus cuatro paredes. Una página preñada indiscutiblemente de incontables recuerdos que habitan el arcón de la memoria, del patrimonio inmaterial de los hermanos de la Esperanza. Una memoria que perdurará para siempre, por más que las puertas de Santa Isabel se hayan cerrado queriendo condenarla inútilmente en el olvido.





