Un Cristiano Triste, es un Triste Cristiano. Estas palabras se nos han repetido en numerosas ocasiones, a través de los ocupantes de la Sede de San Pedro. A veces, la Tristeza inunda nuestras vidas, aunque contengamos en nuestro intelecto, y no, en nuestro corazón y alma, que se nos ha dado una Madre Bendita que nos ampara, un Dios personal, que se hizo como tú y como yo, que dio la vida por nosotros por amor, que dejó en sus palabras y obras, una virtud, llamada Esperanza.
No obstante, hay demasiados motivos para la amargura, la tristeza y la desesperanza. Los desastres naturales: terremotos, maremotos, sequias, inundaciones, ciclones; guerras, terrorismo y violencia; interés y corrupción en el poder; hambre, pobreza e injusticias sociales; explotación sexual, laboral e infantil; maltrato lo unos con los otros y así un sinfín de aspectos, que son las portadas y encabezados de nuestros telediarios, periódicos y medios de comunicación. Todo lo malo, parece que son las noticias diarias.
En el plano, más personal, de cada uno de nosotros, nos volvemos a encontrar, con múltiples motivos: mis incomprensiones; mis desprecios; mis soledades; mis sin sabores; la muerte de una persona cercana; mis sin sentidos; mi situación laboral; los problemas familiares; mis límites; mis rupturas sentimentales; mis añoranzas; mis deseos no cumplidos y mis planes resquebrajados, mis adiciones, mis miedos, mi quiero y no puedo…y hasta una gran lista.
Ante todo ello, elegimos aceptar la tendencia y pensamiento de nuestra época. “Como nos van a comer los gusanos, vivamos sin más y disfrutemos sin límites, con aquellos placeres y ratos de felicidad momentáneos y fugaces”. Vivamos como un espectáculo pirotécnico, muy bonito y espectacular mientras dura, pero que después se queda reducido a ceniza, fuego y polvo. En definitiva, ante la adversidad de nuestra propia existencia, y ante el problema de Dios: vivamos como si Dios no existiera. Esto los eruditos lo llaman ateísmo práctico.
Detrás y escondido de todo lo argumentado anteriormente, se encuentra la gran lepra de nuestro tiempo, el pesimismo. Este hace, vivir como vivimos y pocos son los que intentan eliminarlo de sus vidas.
Uno de mis escritores favoritos, da una medicina a esta enfermedad. K.G Chesterton dice algo así: los Santos fueron grandes personas optimistas. Por lo cual, tomemos nota y apliquémonoslo, ya que no se encuentran sus representaciones en nuestros templos para su decoración.
Aparte del ejemplo de los Santos, nos encontramos en tiempo litúrgico marcado por la esperanza y la alegría, ya que está pronto el salvador. Siendo la línea a seguir: “Ven Señor Jesús”. ¿Cómo es posible esperar a nuestros Señor con tristeza y desesperanza? Acaso, ¿No nos prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos? ¿No interviene nuestro Dios en la historia de la humanidad y en nuestra propia historia? ¿No nos ha dejado el Espíritu Santo, los sacramentos y a la Iglesia? Y aparte de todo ello, en nuestro credo que “vendrá para juzgar a vivos y muertos”. Por lo cual, no es algo específico de este tiempo de adviento, aunque se incide de manera especial, sino que es una verdad de fe que nuestros Dios vendrá y “podrá todas las cosas en su sitio”. Dios no es un embustero y farsante que no cumple sus promesas, aunque aún no estén del todo acabadas y finalizadas.
La Virgen Santísima Madre, de Dios fue la que comprendió todo ello a la perfección. Es por ello, que nuestras advocaciones Marianas las llamemos Esperanza y Alegría, porque hasta incluso a los pies de la Cruz, no desconfío de las promesas de nuestros Dios, y no perdió nunca estas grandes virtudes.
Para terminar, nos pueden iluminar estas palabras de la doctora de la Iglesia y mística Santa Teresa: «Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3)
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