La devoción rociera: el mayor culto mariano del mundo
La devoción a la Virgen del Rocío constituye una de las expresiones marianas más extendidas e influyentes en el mundo. Cada año, cientos de miles de peregrinos emprenden el camino hacia la aldea de Almonte, donde rinden homenaje a la Blanca Paloma en una celebración que combina fe, tradición y cultura. Más allá de su dimensión espiritual, la romería del Rocío ha trascendido generaciones y fronteras, configurándose como una manifestación de identidad andaluza y religiosa sin parangón.
Ante este fenómeno creciente, la Hermandad Matriz se vio en la necesidad de erigir un santuario capaz de albergar a la multitud de devotos que acudían cada año. Así, el templo actual fue inaugurado el 26 de enero de 1964, sustituyendo a la antigua ermita del siglo XVIII, cuya capacidad había resultado insuficiente frente al incremento exponencial de fieles.
Orígenes de la devoción y las ermitas anteriores
La presencia de un templo dedicado a Santa María en el entorno del Rocío se remonta, según diversas fuentes, a la segunda mitad del siglo XIII, cuando Alfonso X conquistó Almonte. Según el académico Juan Infante Galán, debió ser este monarca quien promovió la construcción de la primitiva ermita en el paraje conocido como Las Rocinas, consolidando así un núcleo de devoción que con el tiempo evolucionaría hasta convertirse en el actual santuario.

La primera referencia escrita a la ermita aparece en un documento de 1335, conservado en el Archivo Ducal de Medina Sidonia de Sanlúcar de Barrameda, donde se menciona explícitamente la advocación de Santa María de las Rocinas. Posteriormente, el Libro de la montería de Alfonso XI, fechado entre 1342 y 1350, describe el entorno de Niebla refiriéndose a «una tierra que dicen las Rocinas» y menciona que los mejores sotos para la caza se encuentran «cabo en iglesia que dicen Sancta Maria de las Roçinas».
Con el paso de los siglos, la ermita consolidó su función como centro de devoción mariana. En 1587, el sevillano Baltasar Tercero dispuso en su testamento la constitución de una capellanía en la ermita, que finalmente se estableció en 1598, reforzando la estructura institucional y religiosa del santuario. La primera vez que se hace referencia a la Virgen como del Rocío aparece en un documento del Ayuntamiento de Almonte fechado el 25 de abril de 1653, reflejando ya el arraigo de esta advocación en la tradición popular.
La primitiva construcción fue sustituida en 1760, tras quedar devastada por el terremoto de Lisboa de 1755, lo que obligó a trasladar la imagen mariana a la Parroquia de Almonte mientras se reconstruía el templo. La nueva ermita, concluida cinco años después, fue denominada en 1724 como Real Santuario, otorgándole un reconocimiento acorde con su creciente relevancia.

El nacimiento del santuario actual
El auge de la devoción rociera a lo largo del siglo XX llevó a la Hermandad Matriz de Almonte, presidida en 1961 por Antonio Millán Pérez, a tomar la determinación de levantar un nuevo santuario, acorde con el gran número de peregrinos que acudían a la aldea en cada romería. Esta iniciativa contó con el impulso del primer obispo de Huelva, Pedro Cantero Cuadrado, quien el 26 de enero de 1964 colocó la primera piedra de la futura ermita.
El proceso de construcción del actual Santuario del Rocío tuvo su origen en 1962, cuando la Hermandad Matriz, presidida por Antonio Millán, organizó un concurso arquitectónico restringido con el objetivo de diseñar un nuevo templo que respondiera a las necesidades de espacio y funcionalidad. Para ello, se convocó a tres prestigiosos estudios sevillanos, cuyos proyectos quedaron reflejados en el libro Rocío: la explosión de la gran devoción del sur en el siglo XX, escrito por Santiago Padilla, actual presidente de la Hermandad Matriz.
Los arquitectos encargados de diseñar los anteproyectos fueron Aurelio Gómez Millán, Fernando Barquín y Barón, y Antonio Delgado Roig junto a Alberto Balbotín de Ortas, estos dos últimos colaborando conjuntamente. El 24 de marzo de 1963, la comisión ejecutiva encargada de la evaluación decidió que el diseño ganador fuera el de Delgado Roig y Balbotín de Ortas, dando como resultado el templo que hoy preside la marisma de Doñana y que, con su silueta característica, se ha convertido en un emblema inseparable de la romería.

El proyecto, elaborado por los arquitectos Alberto Balbontín de Orta y Antonio Delgado y Roig, se configuró con una planta de cruz latina, tres naves, un triforio y, al fondo, la capilla mayor donde se ubica la Virgen. La obra fue bendecida el 12 de abril de 1969 por el entonces obispo de Huelva, José María García Lahiguera, y el 13 de abril, la imagen mariana entró por primera vez en su nuevo templo.
Desde su inauguración, el santuario ha sido objeto de diversas declaraciones de protección. En 1973, fue clasificado como Paraje Pintoresco, aunque sin una delimitación clara del ámbito protegido. En 2006, adquirió la categoría de Bien de Interés Cultural, dentro del apartado de Sitio Histórico, consolidando su estatus como referente patrimonial. Finalmente, en 2012, la ermita del Rocío fue vinculada a la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, reforzando su conexión con la tradición cristiana universal.
Los proyectos alternativos: dos visiones desconocidas
Si bien el santuario actual es reconocido y profundamente arraigado en el imaginario colectivo rociero, existieron diseños que planteaban soluciones arquitectónicas innovadoras y con identidad propia. Los proyectos presentados por Barquín y Barón y por Gómez Millán, aunque finalmente descartados, representaban interpretaciones de gran valor artístico que pudieron haber definido un paisaje diferente en la aldea del Rocío.
El diseño más vanguardista
El diseño más vanguardista fue el de Fernando Barquín y Barón, arquitecto de la Mitra Hispalense bajo el mandato pastoral del Cardenal Bueno Monreal, quien ya había trabajado en la restauración de la plaza de toros de La Maestranza. En su propuesta, concebida como una estructura atemporal que trascendiera modas y estilos arquitectónicos, el autor se esforzó por sintetizar en un único símbolo la fuerza expresiva y la emoción que la Virgen del Rocío despierta en sus devotos.

Barquín y Barón describía su intención de «recoger como en un símbolo toda la fuerza, expresividad religiosa y emoción que emana de esta portentosa imagen y del impacto racial que nos produce cuanto la rodea». Su diseño contemplaba un santuario con tres naves, en consonancia con las exigencias de la Hermandad Matriz, pero con una fachada en curvatura que permitiría una mejor vista de la marisma. La estructura estaría rematada con un gran arco, que según el arquitecto evocaba las formas de las carretas utilizadas en la peregrinación, reforzando el vínculo entre la arquitectura y la esencia de la romería. Además, el proyecto incluía la instalación de toldos provisionales formados con garrochas y lonas, un recurso pensado para proteger del sol y la lluvia a los peregrinos en los días de máxima afluencia.
Un diseño más clásico
El proyecto de Aurelio Gómez Millán, en cambio, se caracterizaba por su concepción más clásica y sobria, inspirada en las numerosas parroquias que jalonan Andalucía occidental. Gómez Millán, arquitecto regionalista y autor de la Basílica de La Macarena y del diseño del Simpecado de la Hermandad de Triana, apostó por un templo de líneas tradicionales, aunque con ciertos detalles que lo dotaban de personalidad propia.

En su portada monumental, el arquitecto encuadró dentro de un frontón curvo un azulejo o bajo relieve de una paloma blanca rodeada de ángeles, acompañado de piezas de cerámica decorativa y una cornisa rematada por una cruz. La torre, de base octogonal, evocaba las ráfagas que acompañan la imagen de la Virgen, otorgando un simbolismo singular al conjunto. Este proyecto había sido previamente encargado en 1948 por Manuel Escolar, miembro de la junta directiva de la Hermandad Matriz, como parte de un intento frustrado de ampliación de la antigua ermita.
¿Cómo sería el Rocío si se hubiera elegido otro diseño?
Si cualquiera de estos dos proyectos hubiera resultado vencedor, la imagen de la aldea almonteña y la percepción de la romería serían completamente distintas. La construcción del santuario supuso un punto de inflexión en la evolución del Rocío y en la consolidación del culto a la Blanca Paloma, dado que la arquitectura, lejos de ser un mero elemento funcional, influye en el sentimiento colectivo de los peregrinos y en la estética que rodea la festividad.
El Santuario del Rocío, tal como lo conocemos hoy, se ha convertido en un símbolo inseparable de la marisma, donde la fe y la identidad rociera alcanzan su máxima expresión. Sin embargo, imaginar una fisonomía distinta, con una fachada vanguardista o una estructura más tradicional, nos invita a reflexionar sobre lo diferente que habría sido la esencia visual y simbólica de la romería de haberse materializado otros diseños.





