Ya en el día de ayer tuvimos ocasión de traer al presente la gran vinculación que unió a la bella imagen de Nuestra Señora de la Luz con la Hermandad del Resucitado durante siglo XIX. Tanto fue así que el protagonismo de la talla que le fuera encargada en 1727 al trinitario Fray Juan de la Concepción siguió creciendo enormemente a pesar del decaimiento de las hermandades rosarianas gracias a la festividad de la Candelaria y a su incorporación a la salida procesional del Señor Resucitado, generando entre los cordobeses una gran expectación de la que la prensa local se encargó de dejar constancia.
Así lo prueba la crónica que el Diario Córdoba lanzada en 1927, de la que cabe destacar la formación del cortejo procesional en la que llamó la atención la presencia del capellán del ya extrañado Convento de Santa Isabel de los Ángeles. Una asistencia sobradamente justificada si tenemos en cuenta el fuerte lazo que siempre unió al monasterio de las clarisas con la popular Hermandad del Resucitado:
Terminada la fiesta fueron sacadas procesionalmente las imágenes de Jesús Resucitado y Nuestra Señora de la Luz. Las acompañaban los batidores a caballo de la Guardia Municipal, los niños del catecismo de dicha parroquia, gran número de señoritas, señoras y caballeros y la Hermandad de las citadas imágenes, el rector de Santa Marina don Amador Moreno, de preste; el capellán del convento de Santa Isabel de los Ángeles P. Leopoldo López, de diácomo, y el coadjutor de la parroquial mencionada don Francisco Moreno, de subdiácono, y cerrando la comitiva una sección de la Guardia Municipal y la Banda de Música del Municipio.
Sin embargo, la Cofradía de Nuestra Señora de la Luz por su parte, comenzaría a sumirse en una nueva crisis con motivo de los desencuentros entre los miembros de la propia corporación que no cesaban de debatir sobre los cambios de horario así como del trayecto a seguir en el día de la Candelaria, quedando al fin tristemente suspendida en el año de 1931.
No obstante, la Virgen de la Luz seguiría acompañando al Resucitado, ya eventualmente, en la jornada del Domingo de Resurrección, tradición que se mantuvo hasta mediados de la década de los 40, momento en que la Hermandad del Resucitado se puso en contacto con el eternamente recordado imaginero Juan Martínez Cerrillo para encargar la actual talla de la Virgen de la Alegría.
Así y todo, Nuestra Señora de la Luz parecía aferrarse a su pasado y el fervor que la feligresía de Santa Marina especialmente le profesase en tiempos pasados, pues la hermosa Virgen recuperaría nuevamente la vieja tradición de salir en procesión en la señalada fecha del 2 de febrero por la festividad de la Purificación de María, igualmente conocida como de la Candelaria, como ya habíamos dicho previamente.
Como los altibajos siempre han ejercido su particular influencia en las hermandades y grandes devociones cordobesas, la veneración a Nuestra Señora de la Luz no iba a ser ninguna excepción. Por desgracia, ese fervor se iría apagando progresivamente durante la segunda mitad del siglo XX hasta el punto de dejar de ser objeto de culto y quedar excluida de las actividades desarrolladas en la hermandad.
Como contrapunto, cabe mencionar que tanto la Parroquia de Santa Marina como la propia corporación allí establecida siguieron teniendo a la valiosa imagen muy en cuenta y así lo han demostrado a lo largo de los años, bien sumándola al misterio de Navidad que suele ubicarse junto a las escaleras del altar mayor, bien “dándole protagonismo el día de la festividad de la Candelaria, presentándole los niños bautizados cada año”, según atestigua la propia Hermandad del Resucitado.
Con tales atenciones, Nuestra Señora de la Luz ha seguido ocupado siempre un lugar privilegiado en el seno de Santa Marina, donde ha permanecido en la nave de la Epístola y más concretamente en el altar que a Ella le fuese construido en 1728.
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