Hace semanas que ya cayó la Cuaresma sobre las gélidas noches de Córdoba. Todo cristiano cofrade, inmerso en la ilusión del sueño más bonito de cada año, abre la puerta de las tradiciones. Ya son muchos los que han planchado la túnica, los que hacen y deshacen el costal en cada ensayo o los que están en su cofradía sacando brillo a los varales del palio que llevará a su virgen de toda la vida. Que decir cabe, que estamos en pleno apogeo de una época en la que los cofrades vivimos, como dirían las canciones de estos tiempos «24/7» nuestras hermandades.
Pero una vez pasada las Semana Santa, la ebullición de este amor aminora de forma escalofriante. Ya no es el mismo grupo de personas el que vuelve cada semana a la hermandad, parece ser que esta pasión recobra vida en las personas que se hacen llamar cofrades solamente en una época del año y que después, «si te he visto no me acuerdo». Entonces, solo quedaran esos a los que le dicen «jartibles», que no son más que aquellos que viven por y para su cofradía .
Pensaréis que esos semejantes son de alguna manera, personajes heroicos. Y sí, en la mayoría de las veces lo son, pero en ocasiones siempre desfila por las instalaciones de una corporación ese individuo -porque no es merecedor de otra palabra- que se cree que aquello es suyo.
A veces, joven, que por muchos vídeos de YouTube que ve, se piensa que es fácil el día a día de una cofradía, y otras, aquel que la experiencia le ha dado margen para recoger conocimientos. Siempre hay quien se piensa que aquello es suyo y que su voz debe de sonar más fuerte y por encima, hasta que la del hermano mayor. Siempre con ganas de ser reconocido, aunque el esfuerzo no sea solo suyo, pero como si lo fuera. Siempre quedará él, y que pinta una cofradía en la que sin él, hubiera sido imposible estar como está en nuestros días. Equivocado en la mayoría de las veces, permanece a la persona que lo ponga en su sitio y le diga, al oído, incordiándolo, que nadie es imprescindible.
Llámenlo como quieran, llámenlo, prioste, mayordomo o cualquier cargo que tenga en la junta de gobierno. Siempre ese «tipaje» se creerá que debe de tener más reconocimiento que los demás, porque lamentablemente no es así.
Esperando muchas veces, llega alguien cuerdo y decide prescindir de él, a lo que este siempre aspira a soltar respuestas del tipo: «ya vendréis pidiendo ayuda» o «con lo que he hecho por esta hermandad y así se me agradece». Estorbar, que molestan más que un borrado del bulevar, acaban solos y amargados, enfurruñados como niño pequeño porque le han quitado su poder.
En conclusión, «tipejos» que creen que su nombre debe de ostentar hasta en el título de cofradía. Una pena que gentuza, sí, gentuza, de esta clase moleste en el avance de algunas cofradías o de la Córdoba cofrade, al final, salen siempre dos perjudicados. Las personas que se cansan de aguantar memeces y la hermandad que pierde a buena gente y buenas ideas.
Esperemos darnos cuenta de quienes son en cada una de nuestras cofradías, pogámoslos donde merecen y acaben ellos fundando otra llamada «la vanidad».
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