En este Viernes Santo tan atípico que nos está tocando vivir, quisiera recuperar y compartir un recuerdo que me ha venido en varias ocasiones a la mente estos días, y que muy pocas personas conocen. No me la puedo guardar más. La historia de un amor, de un encuentro inesperado, de cómo no existe el azar sino que Dios, con sutileza, nos muestra nuestro particular camino. La historia de una mirada de un Viernes Santo. 
Semana Santa de 2006, en concreto, Viernes Santo. Mi Hermandad, la Esperanza de La Línea, salía, como todos los años, en torno a las 7 de la tarde. El tiempo estaba regular, como sucede en demasiadas ocasiones, pero aun así, la Cofradía decidió salir a la calle. Yo aún no era más que un simple aficionado a la Semana Santa. Como me di cuenta de que era probable que lloviera, decidí ir al encuentro de la Cofradía en los primeros metros de su estación de penitencia. No quería perdérmela por nada del mundo.
Al llegar a mitad la calle Gaucín, me encuentro a la cruz de guía y a todo el cortejo formado pero en dirección hacia la casa hermandad (que está situada al final de dicha calle), y al final, ambos pasos enfrentados, realizando un encuentro. Ya en el camino hacia la carrera oficial, unas gotitas habían comenzado a caer, y en efecto, la Hermandad de la Esperanza se había dado la vuelta. Como la lluvia había cesado, ambos pasos estaban haciendo un bellísimo encuentro, en el que recuerdo que el palio se recogió a sones de «La Madrugá». Yo, situado al final de la calle, a bastante distancia de ambos pasos, ya que, evidentemente, la angosta calle estaba abarrotada para ver a su Cofradía recogerse.
Una vez recogidos ambos pasos, intenté entrar a la casa hermandad para hacerle unas fotos a ambos pasos, pero me fue imposible, ya que la gente abarrotaba el estrecho lugar para ver a su Cristo y a su Virgen. Y como me imaginaba que otras Cofradías del Viernes Santo también habrían salido, me fui a su encuentro, encontrándome con el mayor aguacero que mis ojos han visto en la ciudad, con tormenta y granizo incluidos. Pero esa es otra historia.
Posteriormente, quise volver a San Bernardo a ver más detenidamente a la Hermandad de la Esperanza, que iba a tener las puertas abiertas durante el período de tiempo en el que la Cofradía hubiera estado en la calle (hasta las 3 de la madrugada, aproximadamente). Total, que cuando volví a la casa hermandad, la cantidad de gente había disminuido respecto al bullicio de antes. Pude hacer fotografías bastante cómodo, y cuando ya comenzaba a pensar en irme, un miembro de la Cofradía, no sé quién, ya que aún no conocía a nadie, me invitó a que me pusiera delante del paso de la Esperanza para que le hiciera unas fotos al rostro de la Señora. Nunca le podré estar más agradecido a esa persona.
Para tratar de recomponer visualmente la situación, como decía antes la casa hermandad no es excesivamente grande, el palio quedaba bastante encajado en el lateral de la misma. Tanto es así que para que yo me pudiera posicionar frente al palio, tuve que agacharme y esquivar la manigueta izquierda del mismo. Quedé benditamente encerrado entre la pared y la canastilla delantera del palio. Quizá fueron unos 15 segundos los que permanecí delante de la Virgen de la Esperanza, pero fueron los más intensos y bonitos que había vivido en la vida. Magia pura.
Busqué el lugar preciso en la calle que separa ambas candelerías, miré hacia arriba y… no sé cómo acerté a darle al disparador para capturar la instantánea. Fue cruzarse directamente mi mirada con la suya a tan poca distancia, y saltó una chispa entre Ella y un servidor difícilmente explicable, me cautivó y me hizo suyo, me hice de la Hermandad de la Esperanza sin saber muy bien por qué, me dio la mano y yo la agarré sin saber muy bien por qué, solo la miré a Ella y Ella me miró a mí, o tal vez fuera al revés. No hizo falta mediar palabra, y es que aprendí que cuando los ojos hablan, las palabras sobran. Todo un encuentro.
Me fui de la casa hermandad sin tener ni idea de lo que había pasado, pero con la certeza que más tarde o más temprano pertenecería a la Cofradía, como sucedió años más tarde. Lo más difícil ya lo había hecho, ya era, aunque fuera de pensamiento, de la Hermandad, ya tenía una Virgen y un Cristo al que imaginarme cuando rezo, ya había comenzado a comprender lo que era la Semana Santa, ya formaba parte de ella, y no como un mero espectador fotográfico. Dejé de vivir la Semana Santa 7 días al año y comencé a vivirla durante todo el año, durante todo el día, durante cada minuto. Empecé a ser cofrade en todo la plenitud de la palabra. Todo ello, hace ya 14 años, todo ello por una mirada, su mirada.
Mi querida Esperanza, mi querido Señor del Amor, os esperaría toda una vida, porque mi vida sois vosotros…





