Corría la década de los 90. Muchos cofrades se las prometían muy felices viendo cómo, poco a poco, la Semana Santa por la que se habían dejado la piel crecía en calidad y también en cantidad (luego alguno cayó en la cuenta de que el crecimiento cuantitativo no fue, necesariamente, tan positivo en todos los casos). El hecho es que era, a juicio de muchos, uno de los momentos más prósperos de nuestra Semana Mayor.
Y, en estas, la Junta de Gobierno de una Hermandad se enamoró de los nuevos pasos que empezaron a llegar a Córdoba tan brillantes y resplandecientes cubiertos en su integridad de pan de oro. Así pues la Hermandad se dejó llevar por esta “fiebre del oro” y resolvió sustituir el paso de su Titular Cristífero por uno nuevo y, claro, dorado. La muy ilusionada Junta de esta Hermandad lo tuvo claro y varios de sus componentes acudieron en busca de uno de los tallistas más prestigiosos de la época. Sí, efectivamente, el mismo que están ustedes pensando. Según me cuentan, la conversación entre los miembros de la Junta de nuestra querida Hermandad y el tallista no tuvo desperdicio.
¿Así que quieren ustedes un paso nuevo?
Sí, sí, claro, para eso hemos venido.
¿Y qué idea tienen? ¿Tienen claro el diseño? ¿Traían alguna idea ya esbozada? [Tenso silencio y miradas aquí y allá y algún que otro carraspeo… como cuando el grupo de ciclistas escapados se cuestiona quién va a tirar del grupo y nadie hace ademán alguno de moverse… hasta que a uno le dio por abrir la boca]
Verá, nosotros lo que queremos es un paso como el del Cristo de las Tres Caídas de Triana.
Y el reputado tallista exclamó:
¡No me digan ustedes más! ¡Ya me hago yo perfectamente a la idea de lo que ustedes quieren! ¡No me hace falta que me digan ni una palabra más!
Consecuentemente Hermandad y tallista firmaron el contrato y el paso se estrenó al poco tiempo. Con el consabido resultado: el paso de esta Hermandad se parece al de Jesús de las Tres Caídas como un huevo a una castaña. La única similitud es que ambos pasos están dorados, eso sí. Pero el hecho es que la Junta de Gobierno se merendó el paso que le habían hecho enterito… aunque no respondiera a los “cánones” claros y precisos que ellos habían aportado. Esta anécdota, claro, no es conocida por la mayoría de cofrades de nuestra ciudad.
Pero lo que la mayoría del público sí conoce fue el bochorno que la Cofradía sufrió el año en que el nuevo y flamante paso procesionó por vez primera. Y es que, cuando llegó el momento de atravesar las puertas del templo, la imagen secundaria que acompañaba a la de Jesús no pasaba por la puerta y, herramientas en mano, un hermano de la Cofradía tuvo que subir al paso a desmontarla para permitir que la Estación de Penitencia pudiese comenzar con normalidad (menos mal que esto fue en la época de la “fiebre del oro” y no la del “mi paso va a ser más grande que el tuyo”. Esto es lo que tiene hacer un paso sin cabeza.
Moralejas de esta anécdota real como la vida misma:
1. Las cosas se piensan antes de hacerlas.
2. El tamaño siempre importa.
3. Es altamente recomendable probar lo que uno estrena antes de hacerlo ante miles de personas.

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