La histórica procesión de la Divina Enfermera en 1756

Como ya hemos contado en otra ocasión, el terremoto de Lisboa causó graves destrozos en la ciudad de Sevilla. Entre los templos que se vieron afectados se encuentra el de San Martín, que cerró sus puertas el 14 de diciembre de 1755 con la finalidad de poder reparar los daños acaecidos por esta catástrofe. La sede de trasladó a la iglesia de San Bernardo del Hospital de los Viejos, trasladándose en solemne procesión el Santísimo Sacramento.

Finalmente, el 27 de junio se produce el traslado del Santísimo Sacramento, así como de distintas imágenes desde el hospital hasta San Martín, una vez que se habían arreglado los desperfectos producidos por el terremoto, que provocaron el cierre durante más de siete meses. Días antes, el 20 de junio, un bando anunciador recorrió las calles por las que discurriría esta procesión, pidiendo a los vecinos de la collación que arreglasen los balcones y adornasen las calles, para recibir como se merece, la llegada de las distintas imágenes, así como para celebrar la reapertura del templo. Así pues, la comitiva salió desde el Hospital de San Bernardo, pasando por San Juan de la Palma, calle de Monte-Sión, Cruz de Caravaca, Correduría, Europa, el Hospital de Amor de Dios, plaza de San Andrés, calle de San Pedro de Alcántara, e iglesia de San Martín. Entre las personalidades destacadas de entre bando, se encontraban Francisco Rodríguez de la Vera, cura de la iglesia parroquial de Santa Lucía o Laureano García de Huercanos, alcalde primero.

El día 26 los fuegos artificiales anunciaban ante el Hospital de la Sangre la alegría que viviría la feligresía de San Martín ante la reapertura de la iglesia. Las crónicas recogen que el fuego iluminó “la región del viento” y que quedaron “todos cuantos lo oyeron, y vieron, que fueron infinitos, asombrados de su mucho ardimiento”.

Por fin el día 27 amaneció con varios altares a lo largo de todo el recorrido. Era el caso del levantado en la puerta de la iglesia de San Juan de la Palma, presidido por la imagen de la Virgen de las Maravillas, que desapareció en los disturbios de la guerra civil. En la plaza de Monte-Sión, la Virgen del Rosario aparecía flanqueada por San Gabriel y San Rafael, en medio de un aparato conformado por nubes, espejos y distintos lienzos. Asombroso debió ser el levantado en la plaza de San Martín, presidido por la Virgen de Europa, devoción que antaño gozó de gran popularidad. Esta imagen se colocó rodeada por las santas Justa y Rufina, rodeada de flores, molduras, gasas, cornucopias, pinturas, etc. Sin duda la plaza que mejor lucía fue la de San Martín, con una imagen del santo y donde destacaban unas tarjetas alusivas a la vida del santo. Según recogen las crónicas, este emplazamiento fue “un paraíso del buen gusto, un museo de la discreción”.  En cuanto a las calles, en Cruz de Caravaca se encontraban balcones y puertas adornadas, al igual que en Correduría.

En lo que respecta al Hospital del Amor de Dios, los balcones ofrecían una decoración basada en telas estampadas con varios jeroglíficos, representaciones de un loro, un río, un osario, una corona de espinas o una custodia. Contenía también una representación de la muerte, explicado todo ello al pueblo mediante versos explicativos. En el centro sobresalía una imagen de la Virgen del Rosario con Cristo en brazos. Dos ángeles rodeaban la escena, mientras que San José y San Antonio de Padua también estuvieron presentes en esta ocasión. Una representación de la Virgen María, acompañada por San Andrés y San Lucas se mostraba ante los asistentes en las puertas de la iglesia de San Andrés, mientras que el convento de San Pedro de Alcántara preparó otro altar, en este caso presidido por una imagen de San Francisco.

A partir de las seis de la tarde comenzaron a sonar las campanas, acompañando tambores, clarines, etc. Curiosamente, los sevillanos que presenciaron este cortejo echaron de menos la presencia de la tarasca. Sí discurrieron varios gigantes, seis soldados, flanqueados por dos clarines y dos trompas. Tras estos, doce niños vestidos de acólito con coronas de flores y portando cirios y la danza de las castañetas. Después, el simpecado de la hermandad, el paso con la efigie de San Martín y representaciones de las hermandades del Santísimo, de la Magdalena, San Ildefonso, San Andrés, San Lorenzo, San Esteban, San Nicolás y la de Nuestra Señora de Europa, quienes llevaban una imagen de San José, y cuatro cuadros. “Llevaba la imagen del Patriarca una costosa, y rica capa, con un bordado de oro tan superior, y de tan bien enlazadas labores…”, reza una de las crónicas.

Tras este pasa, la Virgen de la Esperanza, acompañada por miembros de la hermandad, seguido de la cruz parroquial acompañada por José Pastor, prebendado de la catedral, seguido de la hermandad del Santísimo Sacramento y Santa Espina, portando la reliquia en un “rico viril, como norte de aquellas dos estrelladas líneas”. Posteriormente, los hermanos del Santísimo, los del Hospital de San Bernardo y la danza de los valencianos. El clero parroquial, doce capellanes con sus cirios y el Santísimo Sacramento iban detrás. En el caso de la Sagrada Forma, se encontraba en “una riquísima y primorosísima custodia de plata, cuyos cuerpos, estatuas, basamentos, estípites, columnas, labores, relieves, y cincelados podían hacer la mesa de el altar mesa de examen para los artífices más diestros”. Cerraba la procesión el arcediano de Écija, Tomás Ortiz de Garay.

Representaciones esperaban en San Juan de la Palma, Monte-Sión, San Andrés y Amor de Dios; en Cruz de Caravaca los devotos de la misma; en la Europa fuegos artificiales. En San Pedro de Alcántara, representantes de la comunidad se integraron en el cortejo una vez que este alcanzó el templo. La plaza, abarrotada, estaba “toda ella hecha una plaza de armas de la Gloria, pues sobre contener infinitas almas, y haberse iluminado con la multitud de luceros, que de tres en tres formaban una infinidad de constelaciones”. El público esperó ansioso el comienzo de una octava, en medio de una plaza llena de luz. El día 4 volvió a iluminarse la plaza, en unos actos que debieron ser multitudinarios. Tras el final de los cultos, una procesión cerró este histórico capítulo, iluminándose la plaza por tercera vez, discurriendo el cortejo solo por esta zona, llevando el Santísimo Sacramento y la reliquia de la Santa Espina. La procesión la cerró el preste y diácono de la misma y una tropa de soldados.