El Respiradero, 💙 Opinión

La intimidad de Pasión

Las has visto todos los días. Pero nunca la has mirado. Ibas ajetreado, corriendo de un lado hacia otro, sin ir a ninguna dirección. Esa es la monotonía de tu día a día. El agobio de llevar a cabo una multitud de tareas a contrarreloj hasta que se agote tu energía a la hora marcada de la cena. No puedes tener un recuerdo de lo que acabas de ver en la calle, porque la has cruzado en vuelto en tus pensamientos, en tus preocupaciones. No has visto nada y ellas te ven siempre. Son aquellas mujeres que pasan desapercibidas y al contrario que tú, siempre van a una misma dirección.

La puedes ver a cada hora en el mismo lugar. No cambian sus costumbres. Sus tardes se resumen en ir a merendar a Ochoa o al piso de una amiga en la Plaza de la Magdalena, visitar a Pasión y volver a casa con la parada obligada en San Onofre. Te han visto siempre a la misma altura de la calle, siempre corriendo, siempre con la mirada perdida en preocupaciones que ellas quieren imaginar. Las tuyas, no son las mismas que las de ellas. Sus pensamientos vuelan en los versos de una oración que quiere de salir de sus labios tras besar el talón de cedro que tiene el mismo pulso de Sevilla.

Te reconocen. Se han quedado con tu forma de andar. Ven en tus ojos cuando estás más feliz o más preocupado. Y se han acordado de ti a la hora de rezar un rosario antes de apagar la luz de un lámpara que alumbra una vieja estampa de la Virgen de la Merced. Y tú nunca la has visto aunque te cruzas con ellas todos los días.

Hoy el agobio a la hora de salir del trabajo pudo contigo. Unas horas antes, a la hora del café, escuchaste a un compañero tuyo comentar que era la novena de Pasión. No le echaste cuenta, como tampoco te fijas en las cosas importantes de la vida. Estabas ahogado en tus pensamientos, en la fatiga de un duro día marcado por una mala noticia. Quisiste librarte de ellos ahogándolos en la esquina de un bar escondido. Pero no pudiste.

Tuviste que recordar aquel comentario de tu compañero e irte al Salvador. A buscar en la cima de un bosque de cera al Nazareno que solo veías en una fría noche de primavera sentado en los palcos de la Plaza de San Francisco. Necesitabas tanto de él que no te olvidaste del reloj. El tiempo ya no importa porque ahora era oro.

Te fijaste en unas mujeres que estaban sentadas delante tuya. Peinado de peluquería y abrigo de pelo. Por primera vez, miraste a aquellas mujeres que te conocen también. Pensaste lo reconfortadas que podían estar siempre bajo el amparo de un Cristo que mira hacia abajo. Como tu mirada día a día. Ellas se acordaron muchas veces de tí. Hasta hoy que pudiste levantar la mirada para encontrar a un Hombre que sigue con la mirada perdida.

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