Si de verdad existen cosas leves, la más leve de las cosas, es la línea que separa lo ordinario de lo extraordinario, y en esto deberemos de estar casi todos de acuerdo. La verdad es que nos pasamos la vida, esperando que contra toda posibilidad nos suceda algo extraordinario, cosa que por ser muy sencilla, es bastante difícil que nos suceda.
Estamos en la actualidad viviendo un sin parar de salidas extraordinarias, incontables salidas, unas con más acierto que otras, y que van desde el 400 aniversario de la hechura de una sagrada imagen, hasta ser el primer día tras la bendición de una sagrada imagen, unas al hilo y propias de un período de ausencia total, otras traídas por los pelos, o por rebuscadas y desconocidas causas, al menos para mi.
Al fin y al cabo, la realidad es que estamos batiendo todo tipo de récords en cuanto a salidas procesionales “extraordinarias”, a lo que debemos de añadir magnas, exposiciones, traslados y un interminable etc. Y como decía Niccolo Ammaniti en su novela “Que empiece la fiesta” “Y comprendió que era preciso hacer algo extraordinario (no necesariamente inteligente) para significarse”.
Estamos batiendo récords en cuanto a salidas, pero estamos olvidando la causa prima de todo esto, y lo siento, pero la realidad es que mientras estamos viajando para presenciar muchas de esas salidas, estamos olvidando el origen y el final de nuestras cofradías y las obligaciones de los cofrades que en ellas estamos.
Nunca me gustaron los cofrades de colosal memoria, que saben con certera precisión no solo quien es el imaginero, año de la hechura, madera, encargo y fecha del contrato, sino que además sabe en que rincón del estudio fue realizada, quienes visitaron la obra y sus comentarios, quien de la junta de gobierno no estaba de acuerdo y quien si, sobre todo si la talla es de hace una par de siglos. Pero queda manifiestamente su ignorancia religiosa, su ignorancia del catecismo, su falta de vivir el catecismo, el que nos obliga a edificar el alma, trabajar, perfeccionar; elevar, redimir el propio espíritu para vivir pura y simplemente con Cristo, en el corazón para amarle y el pensamiento para conocerle.
Estamos saliendo corriendo de aquí para allí, sin saber lo que es verdaderamente importante, la necesidad de evangelizar, de hacer catequesis en las calles, además estamos permitiendo y dejando en nuestros templos abandonadas en su interior las sagradas imágenes, aquellas que no han salido de forma extraordinaria y prestamos atención a otras cosas mucho más ordinarias.
Y es que las cosas por repetidas, se vuelven ordinarias, y las repetidas hasta la saciedad se vuelven cotidianas, y las cosas cotidianas son las primeras que hacemos sin prestar mucha atención, es ese el principal peligro que corremos con tantas extraordinarias, sin causa justificada, salvo nuestra ansiedad por ver lo que echamos tanto de menos, pero sin darnos cuenta del daño que tendremos si más tarde que temprano, no llegamos a parar este incomprensible chorro de salidas, que ya se están volviendo ordinarias y habituales.
Yo creo que deberíamos esperar con toda nuestra ansiedad y cristiana paciencia, el día donde nuestra hermandad muestra su catequesis en las calles, ese único día anual, que por único, es extraordinariamente especial.
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