En estos tiempos que corren, en los que se polarizan las opiniones y hasta hay artistas que se atrincheran en un bando, construyendo su curriculum a base de atacar a sus propios compañeros, negando la diversidad y reduciendo la libertad a la intolerancia del pensamiento único, cuando desde esa atalaya de soberbia que adopta la forma de entrevista en un medio de comunicación hay miserables que aprovechan para atacar a quienes comparten con ellos la maravillosa pasión de comunicar y hacer sentir a través de la magia de un trazo, simplemente porque sientes de manera distinta, resulta extremadamente gratificante toparte con artistas cuyo crecimiento se asienta en la pulcritud de sentimientos, en la ilusión por la expresión en un lienzo, en la creencia de que nada importa más allá de emocionar, sin importar si el lenguaje está dotado de ese halo de modernidad que algunos otorgan en función del grado de amiguismo que detenta quien firma una obra.
Isabel Santiago, con quien hace tiempo tengo pendiente una entrevista a corta distancia, es una de estas artistas que se expresan como sienten, sin matices ni recovecos. Un alma libre que materializa sus sentimientos a través de la magia de sus pinceles, con una calidad contrastada que se evidencia en cada nueva obra que nace de su especial sensibilidad y que no ha necesitado de palmadas ni incienso artificialmente repartido, para irse ganado el hueco que merece entre el elenco de los artistas más reconocidos y reclamados del actual panorama de la pintura religiosa y la cartelería cofrade, como atestiguan los múltiples encargos que afronta con incontestable solvencia. Una mujer que derrocha sinceridad en sus palabras y verdad en sus trazos. Una artista de las que emocionan el alma y que es capaz de hacer latir los corazones de quienes se plantan ante sus obras sin necesidad de mayor explicación que la mera observación de lo ilustrado y el sentimiento que despiertan sus creaciones.
La última obra de Isabel, Chabeli para sus amigos, es una maravillosa Macarena que ha concebido para una colección particular, un medio perfil de la Esperanza Macarena, realizado en pintura acrílica sobre lienzo, que presenta la particularidad de haber definido los encajes de una forma muy sutil para darle todo el protagonismo al retrato de la Virgen, lo que de verdad importa, el centro de todo cuando se retrata a la Madre de Dios, aunque hayan quienes no acierten a comprender esta verdad irrefutable. Una obra dotada de ese aroma trascendental de la emoción sentida al realizarla, que se inspira en tantos amigos macarenos para quienes Ella es núcleo esencial de sus vidas, en la propia esencia de Sevilla, en la devoción que se hace universal, en las personas, las calles y plazas que están marcadas por su estela…
Una de esas maravillas que corta la respiración al mirarla, que y que evoca miles de recuerdos que todos y cada de nosotros atesoramos por obra y gracia de la Reina del Arco. Una obra que destila “esperanza, caridad, paciencia, amparo… y fe… virtudes todas ellas que vienen de María”, como subraya la propia artista, y de esa imprescindible cualidad que debe tener un trabajo de esta magnitud, la unción ese rasgo esencial capaz de convertir un cuadro de la Virgen María en un icono sagrado. Un lienzo que revele de manera irrefutable, la felicidad que Santiago siente “como cristiana” por poder realizar obras de este calado “y así poner mi humilde granito de arena a que en esa casa se tenga más presente a Dios en el día a día, gracias a la contemplación de alguna imagen que yo haya podido realizar”. Esta es la Macarena de Isabel Santiago: siéntanla como yo la he sentido.





