La excelencia es un arte que se cultiva día tras día, amasando detalles inadvertidos y cuidando la calidad de la obra mediante horas de trabajo. Puede intentarlo todo el mundo, pero solo lo lograrán aquellos que hayan sido tocados por la gracia, por la mano de Dios hecha arte en sus dedos. El oficio de vestir a una imagen mariana nunca ha estado tan reconocido como ahora. Siempre ha pasado desapercibido.
El vestidor ha sido y es un orfebre de telas y encajes, con la salvedad de que ahora se valora su derroche de creatividad. Y, de la misma manera, se reprocha a una junta de gobierno la falta de ese mismo criterio artístico a quien viste una imagen de forma incorrecta; es decir, sin sacar todo el partido y por ello sin alcanzar la excelencia. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido en muchas ocasiones durante los últimos años con la Esperanza Macarena.
Los cambios de vestimenta de una devoción universal (conocida en todo el mundo) deberían ser alabados por todo el mundo, más allá de gustos personales. La presentación de la Esperanza sin embargo no termina de cuajar. Han habido cambios estupendos como el que se produjo tras el confinamiento de marzo con la Señora de San Gil ataviada con el manto de los Cisneros y el favorecedor tocado de guipur; pero al mismo tiempo se han presenciado otros muy desafortunados, como el actual de luto.
La Virgen de la Esperanza está irreconocible con un tocado que buscando la naturalidad no acaba de rematarse en la técnicas y con una posición extraña de las manos, alejándose indiscutiblemente del estilo garduñesco y desfavoreciendo los rasgos de la talla. Y no es el único. Fue muy criticado por expertos y amateurs del arte del alfiler la posición tan artificial del manto en el cambio de hebrea o la mezcla de prendas en el pasado septenario. Estamos por tanto ante vestimentas colocadas de manera irregular según el momento.
La Macarena suele estar bien ataviada para los grandes cultos, como el besamanos o la procesión, pero falla en algunos de sus cambios ordinarios. Eso quiere decir que la priostía hace su labor, pero el vestidor no está a la altura del encargo sin desmerecer su trabajo y su valía en la materia. La Señora de San Gil no puede ni debe estar correcta. Merece la excelencia. Ella es el reflejo de Sevilla en parte de los cinco continentes, y como comprenderán ustedes no valen cambios pasables.
Hay artistas actuales en el mundo de los atavíos a imágenes como José Antonio Grande de León que podrían hacer un trabajo impecable en cualquier cambio de la Señora del arco. No es una simple crítica siempre constructiva, sino una necesidad y en los últimos meses hasta un reclamo popular.
La Esperanza Macarena necesita un nuevo vestidor que le devuelve el esplendor de la época dorada del gran Pepe Garduño, que en paz descanse. Ojalá podamos ver y disfrutar pronto esa estampa para gloria de los macarenos y escaparate del arte sacro hispalense en todo el globo.





