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El Respiradero, Opinión

La noche en la que el amor se te hizo grande

Los has visto al caer la tarde y te han sacado una sonrisa llena de ternura. Has recordado los mejores años de tu vida. Y en el rostro de aquellos adolescentes has visto tu propia imagen cuando apenas tenías 17 inocentes años. Como si fuera un espejo. Pero ha llovido desde entonces.

Tú los reconoces. Los ves cada año en el mismo sitio. En las grandes plazas de la ciudad. Aquellas custodiadas por palmeras; ora Plaza Nueva, ora Plaza de la Magdalena. Puntos de quedada desde tiempos inmemoriales para los jóvenes sevillanos que llegaban allí para cruzar a una dimensión que ahora tú, con cuarenta años a tu espalda, darías todo lo que ganas para volver a llegar por primera vez con esa cara de inocentón. Tu traje casi recién estrenado porque tu madre vio hace unos meses que te estás convirtiendo en un hombre. El dinero muy justo. Y los colores avivados porque sabías que aquella noche saldría contigo en pandilla aquella chica que te gustaba.

Érais unos 12 o 15. Siempre más chavales que chavalas. Veíais una belleza sorprendente y desconocida en aquellos primeros encuentros con las compañeras de clase que por primera vez las recibíais sin el uniforme del Portaceli o Las Esclavas.

Juntos caminabais hacia el piso de uno de vuestros amigos para ver una cofradía de ruán. Te apresurabas para estar cerca de ella para que la bulla justificara vuestro primer roce. Allí en aglomeración, ajeno a todo, tu corazón palpitaba con fuerza y se encendía de tal manera que parecía querer echarle un pulso a la candelería consumida de unos de los últimos palios de la noche.

Por fin ya todos en el balcón veíais la cofradía pasar. No lo sabíais pero estabais aprendiendo en ese momento las tres lecciones más importantes: la de la vida, la del amor y la de la muerte en el crucificado que estaba en una de las estampas del saló de tu abuela.

Pasaba la cofradía y era como si pasara la vida misma. El reguero de luz de los cirios al cuadril te abrían un camino al mundo. Y cada tramos que pasaba intentabas atreverte a hablarle a la muchacha que no habías dejado de mirarla en toda la noche. Hasta que te atreviste cuando empezaste a escuchar los tambores que anunciaban que pronto tendría final la noche más mágica del año. Ante una romántica Dolorosa, te acercaste para dejarle un hueco para que viera la belleza de la Virgen. Una belleza que para tí se reflejaba en el rostro de la muchacha a la que le apretaste la mano cuando el palio se alejaba lleno de melancolía.

Esta Semana Santa te vi al caer la tarde mirar con ternura a aquellos muchachos de la Plaza Nueva cuyas sonrisas anuncian que vienen a estrenar primero amores. Tú, en seguida, te volviste hacia atrás para mirarle a ella, aquella muchacha a la que le apretaste la mano la noche en la que el amor se te hizo muy grande cuando pasaba una Dolorosa de ojos románticos. Ha pasado el tiempo. Y tus hijos, pronto, participaran del rito más puro de su ciudad, aquel que les marcará de por vida cuando sea Semana Santa y el reloj de la Plaza Nueva marque las nueve.

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