La revirá | Devociones sobre el césped

La imagen tiene una fuerza incontestable, de esas que no necesitan demasiada explicación para provocar una reacción inmediata. El Cristo de Medinaceli y una imagen vicaria de la Virgen de la Almudena, situados en el corazón del estadio Santiago Bernabéu durante el encuentro presidido por León XIV, han acabado convertidos en el centro de una controversia que ha desbordado el propio ámbito madrileño. Lo que para unos fue un gesto de comunión eclesial en un marco multitudinario, para otros se ha interpretado como una utilización impropia de dos de las devociones más arraigadas del panorama religioso español, reducidas en apariencia a un papel más próximo al atrezzo escénico que al lugar que tradicionalmente ocupan en la vida cultual de los fieles. En ese mismo debate, no han faltado quienes han subrayado que, una vez más, las cofradías habrían sido utilizadas por la alta jerarquía eclesiástica para su propia conveniencia, como meros reclamos folclóricos, en lugar de ser reconocidas en su verdadera dimensión como auténticas dinamizadoras de la religiosidad popular en buena parte de la cristiandad.

El debate no nace solo de la escenografía, sino del peso simbólico de lo representado. El Cristo de Medinaceli, uno de los referentes devocionales más intensos y extendidos del país, ha sido percibido por numerosos cofrades como una presencia desplazada de su contexto natural para integrarse en un dispositivo de masas donde la lógica del acto parecía imponer su propio lenguaje. Algo similar ha ocurrido con la imagen vicaria de la Almudena, cuya participación en la escena ha suscitado comentarios encontrados, precisamente por la percepción de que ambas imágenes han sido incorporadas a una narrativa visual que no siempre ha respetado la densidad espiritual que representan. En este último caso, si bien la polémica se ha atenuado sensiblemente al no tratarse de la imagen original de la Patrona madrileña, no deja de ser una representación de la imagen de la Madre de Dios, lo que para muchos fieles no elimina del todo el debate sobre el alcance y la pertinencia de su presencia en un contexto de estas características. La polémica, en este sentido, no se limita a un hecho aislado, sino que apunta a una reflexión más profunda sobre el lugar de lo sagrado cuando se inserta en formatos de gran exposición pública.

El contraste, sin embargo, se vuelve especialmente incómodo cuando se observa la lectura que ciertos sectores del universo cofrade sevillano realizan de estos episodios. Porque no es extraño comprobar cómo una sensibilidad siempre vigilante y extraordinariamente exigente hacia lo que procede del exterior se convierte, al mismo tiempo, en una mirada mucho más elástica cuando los excesos se producen dentro del propio ámbito, especialmente si afectan a corporaciones de gran peso simbólico o consideradas intocables, donde la exigencia parece diluirse y el análisis se vuelve más complaciente. En esos casos, lo que fuera se denuncia con severidad doctrinal, dentro se justifica con argumentos de oportunidad, tradición o excepcionalidad, generando una evidente asimetría en el juicio. Esa doble vara de medir, cada vez más perceptible, termina por debilitar la credibilidad de ciertas críticas y revela una tensión interna entre la defensa de la ortodoxia estética y devocional y la aceptación complaciente de prácticas que, en otros contextos, serían objeto de una condena sin matices. En ese espejo deformado, la coherencia se resiente y la exigencia se vuelve selectiva. «Es que la Macarena fue protagonista porque la pusieron en el altar»… Paparruchas. Los excesos son excesos se produzcan en Sevilla o en Pernambuco. Y de nada sirve enmascararlos, salvo para que quienes lo hacen queden en ridículo.

Comparaciones aparte, lo ocurrido —lejos de ser anecdótico— permite observar una constante incómoda: la facilidad con la que determinadas expresiones devocionales son trasladadas a escenarios de extraordinaria dimensión mediática, con la consiguiente tensión entre lo litúrgico, lo simbólico y lo meramente escénico. Porque tanto entonces como ahora, más allá de las diferencias de contexto y sensibilidad, se percibe un riesgo evidente de desdibujar la frontera entre la veneración y la puesta en escena. De ahí que surja la pregunta inevitable sobre estos excesos, difíciles de justificar cuando afectan a imágenes con millones de fieles en todo el mundo cofrade, y aún más difíciles de encajar cuando la propia estructura eclesial parece, en ocasiones, impulsar o consentir dinámicas que después resultan difíciles de contener. No se trata de negar la fuerza evangelizadora de estos acontecimientos, sino de advertir que lo sagrado no siempre se deja domesticar por la espectacularidad, y que el equilibrio entre presencia pública y respeto devocional sigue siendo una frontera delicada, que conviene no cruzar sin reflexión. Si la idea consistía en demostrar la fuerza de un papa rezando ante una devoción incalculable como el Cristo de Medinaceli, quizá hubiera sido preferible que el Santo Padre hubiese acudido a su templo a postrarse ante Él, como debió postrarse ante el Cachorro y la Esperanza cuando estuvieron en el Vaticano, evitando así dinámicas de exposición que trasladan lo sagrado a lógicas escénicas discutibles y no propiciar experimentos manifiestamente prescindibles.