La revirá | Sin cuotas ni imposiciones

Durante demasiado tiempo se ha hablado del llamado techo de cristal como si las hermandades constituyeran una excepción dentro de una sociedad que lleva décadas transformándose. Sin embargo, la realidad suele avanzar mucho más deprisa que los discursos. A veces sin ruido, sin proclamas y sin necesidad de grandes declaraciones. Simplemente ocurre. Un día se mira atrás y se descubre que aquello que algunos presentaban como una barrera infranqueable ha terminado desapareciendo con absoluta naturalidad. La reciente elección de Matilde Silva como primera alcaldesa de la centenaria Hermandad de Los Negritos constituye precisamente uno de esos momentos que invitan a detenerse y observar el camino recorrido. No porque una mujer llegue a un cargo de gobierno —algo que afortunadamente ya no resulta excepcional en el mundo cofrade sevillano— sino porque lo hace en una de las corporaciones con mayor peso histórico de la ciudad, demostrando que determinadas fronteras pertenecen ya más al pasado que al presente.

Lo verdaderamente significativo de este proceso no es que una mujer haya sido elegida para dirigir una hermandad. Tampoco que lo haya hecho tras imponerse legítimamente en unas elecciones. Lo relevante es que la noticia empiece a dejar de ser la condición femenina de quien accede al cargo para centrarse exclusivamente en su capacidad para desempeñarlo. Ahí reside el auténtico cambio cultural. Durante años algunos insistieron en presentar las estructuras cofrades como espacios impermeables a la incorporación de la mujer a los puestos de responsabilidad. Sin embargo, la realidad ha terminado imponiéndose con la contundencia de los hechos. Cada vez son más las mujeres que forman parte de juntas de gobierno, que asumen responsabilidades ejecutivas, que gestionan áreas fundamentales de sus corporaciones y que acceden a los máximos órganos de decisión. No como una concesión, no como una cuota, ni como consecuencia de una obligación normativa impuesta desde fuera, sino como resultado de la confianza libremente depositada en ellas por sus propios hermanos.

Y quizá ahí se encuentre una de las lecciones más interesantes de cuanto está ocurriendo. Mientras determinados sectores de la sociedad sostienen que cualquier avance debe venir necesariamente acompañado de porcentajes obligatorios, cuotas predeterminadas o mecanismos de corrección impuestos desde instancias superiores, las hermandades parecen haber transitado otro camino muy distinto. Un camino más lento quizá, pero también más sólido y natural. Nadie ha obligado a los hermanos de Los Negritos a votar a una mujer. Nadie les ha impuesto un determinado resultado. Nadie ha reservado espacios por razón de género ni ha establecido artificios para condicionar la voluntad de los electores. Han sido los propios hermanos quienes, en el ejercicio más puro de la democracia interna, han considerado que la persona más adecuada para asumir la Alcaldía era una mujer. Y precisamente por eso el resultado posee una fuerza simbólica mucho mayor. Porque nace de la libertad y no de la imposición. De la convicción y no de la obligación.

Quizá por eso convenga contemplar lo ocurrido en Los Negritos desde una perspectiva más amplia. Porque esta elección no representa únicamente un hito para una corporación concreta. Constituye también un reflejo de la evolución que experimenta el conjunto de la Semana Santa de Sevilla. Una transformación que se produce de manera gradual, serena y profundamente orgánica. Las hermandades vuelven a demostrar que son mucho más inteligentes de lo que algunos creen y mucho menos inmovilistas de lo que determinados prejuicios sostienen. Conservan sus tradiciones, protegen su identidad y defienden su legado, pero al mismo tiempo evolucionan, incorporan nuevas sensibilidades y se adaptan a los tiempos sin necesidad de renunciar a su esencia. Lo hacen además mediante un mecanismo tan sencillo como eficaz: la libertad de sus hermanos para decidir.

Tal vez haya llegado el momento de reconocer que muchas de aquellas discusiones han quedado definitivamente superadas por los acontecimientos. No porque la igualdad sea una meta plenamente alcanzada en todos los ámbitos de la vida, sino porque resulta difícil sostener determinados relatos cuando la realidad ofrece ejemplos cada vez más numerosos en sentido contrario. La elección de Matilde Silva como alcaldesa de Los Negritos no supone el inicio de una nueva etapa, sino la confirmación de una tendencia que lleva años desarrollándose. Una tendencia que demuestra que las hermandades, pese a su profundo apego a la tradición, poseen una extraordinaria capacidad para adaptarse al tiempo que les toca vivir. Y que cuando se permite a las personas decidir libremente, sin tutelas, sin imposiciones y sin ingenierías sociales de ningún tipo, terminan prevaleciendo criterios mucho más razonables: la capacidad, el compromiso, la preparación, la trayectoria y la confianza que cada candidato sea capaz de generar entre sus hermanos. Todo lo demás, sencillamente, empieza a parecer un debate perteneciente a otra época.