Lo que está ocurriendo en las hermandades no admite ya eufemismos complacientes ni diagnósticos tibios: asistimos a una degeneración estructural de sus procesos electorales, convertidos en una caricatura grotesca de la política más cainita. Se ha extraviado el norte en todos los puntos cardinales de un fraude no siempre tipificado, pero sí perfectamente reconocible en sus formas y en sus consecuencias. Las elecciones cofrades han mutado en un ecosistema donde imperan las estrategias de marketing, la propaganda constante y la obsesión enfermiza por el poder. Programas interminables, páginas web diseñadas con vocación de escaparate y community managers que administran la devoción como si fuese una marca comercial configuran un panorama donde la espiritualidad ha sido sustituida por la mercadotecnia más descarnada.
Algunos casos recientes —hablo, sobre todo, del último año— han sido el escaparate más obsceno de esta deriva. Lo que debería haber sido un ejercicio de responsabilidad colectiva se convirtió en un zoco descontrolado, en un mercado persa donde cada candidatura pujaba con promesas cada vez más desmesuradas, más infladas, más ajenas a la realidad. La atención se desvió hacia lo colosal, hacia lo grandilocuente, hacia esa hipertrofia de propuestas que no buscan construir, sino deslumbrar y someter. Se compite por ver quién ofrece más, aunque ese “más” sea, en esencia, pura nada revestida de artificio.
Sin embargo, el verdadero problema no es solo la estética del disparate, sino la ética del derrumbe. Hay aspirantes que han negociado con bandas, que han ofrecido vestidores como quien reparte favores en una mesa de casino, que han dejado claro —sin el menor rubor— que todo es susceptible de ser intercambiado si el precio es el sillón. Individuos dispuestos a vender cualquier principio, incluso a quienes les rodean, con tal de alcanzar un cargo que les proporcione la ilusión de una relevancia que su propia vida les niega. Porque esa es otra verdad incómoda: en demasiados casos, hablamos de perfiles de una indigencia intelectual alarmante, de trayectorias vitales vacías, sostenidas únicamente por la necesidad patológica de sentirse alguien a través de un “carguillo”. Y son precisamente estos perfiles los que están infectando las hermandades, transformándolas en trincheras donde la mezquindad se normaliza.
Mientras tanto, lo esencial —la acción social real, comprometida, transformadora— permanece en un estado de abandono casi indecente. Se invoca como eslogan, se exhibe como adorno, pero rara vez se articula como proyecto serio. Nadie quiere hablar de lo que no da votos, de lo que exige sacrificio, de lo que no se traduce en aplauso inmediato. Las hermandades, que deberían ser referentes de caridad efectiva, han quedado atrapadas en una liturgia vacía donde el brillo superficial del oropel sustituye a la profundidad del compromiso. Y así, lo que podría ser un motor de cohesión social se degrada hasta convertirse en un decorado sin alma.
Aún más desolador resulta el papel de quienes deberían poner orden en este despropósito. Por ejemplificar, en Córdoba la nueva delegación de Hermandades ha optado por la vía más cómoda y más estéril: el control. Lejos de impulsar una gran obra social que vertebre y dignifique, ha preferido parapetarse tras un reglamento tan impostado como ineficaz, concebido más para vigilar que para transformar. Un documento que no solo no resuelve los problemas, sino que evidencia una falta de altura de miras y de visión que roza lo sonrojante. Se legisla sobre las formas mientras el fondo se pudre sin remedio.
El resultado es un panorama desoladoramente previsible: cofradías atrapadas en una guerra permanente, elecciones convertidas en batallas de desgaste donde lo único que importa es arrasarlo todo para imponer el propio relato. Se destruye el legado anterior no por convicción, sino por puro instinto de dominación, por esa necesidad infantil de demostrar quién manda más, quién impone su criterio, quién es capaz de aplastar incluso a sus propios hermanos. En este escenario, la palabra fraternidad ha quedado reducida a un residuo retórico, y la fe, convertida en una coartada cada vez más débil. Si algo queda claro es que el problema ya no es coyuntural: es un proceso de descomposición que, de no frenarse, terminará por vaciar de sentido a las propias hermandades.





