La Semana Santa más bonita de nuestras vidas

Le tomo prestado el titular al programa cofrade jerezano Cofrademanía, en concreto a Álvaro Ojeda, que es quien así definió la Semana Santa de 2022, pues viene a reflejar a la perfección lo que siento a nivel personal, y a buen seguro, un sentir generalizado de los cofrades a lo largo y ancho de nuestra tierra. Estamos ante los días más hermosos que probablemente nunca viviremos, acariciando con la yema de los dedos la gloria del tan ansiado Domingo de Ramos. Desde aquel Domingo de Resurrección de 2019 hasta este Domingo de Ramos de 2022 han pasado, nada más y nada menos, que 1085 días, 155 semanas, 20.640 horas… Tres eternos años.

Y ayer, por fin y tras la maldita crisis sanitaria, vivíamos el retorno de los nazarenos, las primeras cruces de guía abriendo los cortejos procesionales, los primeros pasos de misterio y de palio procesionando de forma «ordinaria» y no fuera de fecha. Tenía que llegar el Viernes de Dolores para terminar de creernos que recuperamos, por fin, lo que por derecho nos pertenece, tras un tiempo que ha sido realmente duro para todos, aunque podamos considerarnos afortunados de haber llegado al aquí y al ahora del modo en que lo hemos hecho.

Se nos truncó la vida. Desde aquel fatídico mes de marzo de 2020, cuando se nos paralizó la existencia, hemos atravesado toda una travesía del desierto, con momentos de auténtico pavor, desazón e incertidumbre ante la posibilidad de que las salidas procesionales, además de tantos ámbitos ordinarios de nuestra vida, quedaran relegadas de forma indeterminada al ámbito de lo privado, condenadas incluso a ir cayendo en el olvido. Escribía por aquel entonces, iluso de mí, que la Semana Santa no se suspendía, sino que se aplazaba un año, que al final ha terminado triplicándose. Un larguísimo y frío invierno desde aquel entonces, en el que el único aliento, y no es poco, ha sido poder visitar a los titulares en los templos, y sumergirnos en nuestros recuerdos, cerrando los ojos a la par que abríamos la puerta del alma. Porque nos arrebataron de las manos un trocito de nuestras vidas, pero…

Floreció la primavera. Porque después de la tempestad siempre reina la calma, y tras todo invierno llega la primavera. La aparición de las vacunas y su gradual paulatina victoria ante la enfermedad comenzó a hacer brotar la semilla de la Esperanza, con mayúscula, que fue creciendo abrazada al amor de la Virgen María en cada uno de los rincones de nuestra tierra, alimentando la ilusión de recuperar lo que es nuestro. Crecía a la vez la convicción de que sí era posible aquello de, como reza la marcha de Pasión de Linares, «Volver a la Vida». Y la vida fue volviendo muy poco a poco…

Como el despertar tras una pesadilla. Lentamente, abriendo los ojos a la par que nos autoconvencemos de que lo vivido ha sido un mal sueño, aunque en este caso haya sido muy real. Igual que cuando un paso se va acercando al dintel de la puerta de su templo, sin que prácticamente se perciba de no ser por el rechinar del andar de los hombres de abajo con el mármol del templo, así fue volviendo la vida. Con vía-crucis, traslados, alguna magna y mascarillas. Y va a explotar en júbilo cuando los templos den a luz las primeras cruces de guía, cuando el primer golpe de tambor despierte nuestro aletargado corazón al plantarse en nuestro pecho el Domingo de Ramos para volverlo a hacer latir, cuando las primeras notas de la Marcha Real enciendan la brisa de nuestras ciudades, que permanecieron silentes durante un tiempo que se tornó en eterno, porque…

Vuelve la Semana Santa. Y es que si bien es cierto que hay quien, con su buena dosis de razón, diga que ha seguido habiendo Semana Santa en estos años, sin las salidas procesionales a esa semana le falta el color, el olor, la tradición, el pellizco, el alma… Hasta los más acérrimos defensores de aquello de la Semana Santa «íntima» reconocen en privado que a nuestra tierra le ha faltado algo sin nuestras imágenes sagradas en la calle, evangelizando por derecho y al son de las bambalinas, con la radiante luz del sol colándose entre la malla de un paso de palio, o con la Luna de Nisán haciéndose testigo de excepción de la saeta que rasga la noche de un Viernes Santo. Que vuelvan las procesiones es que vuelva la Semana Santa según Andalucía. Que nos volvamos a convertir en esos niños que miran por la ventana cada quince minutos el día marcado en rojo en el calendario de nuestros corazones, que corretean por unas calles que permanecieron taciturnas en esta oscura época, y que ahora se volverán a alumbrar de vida y esperanza. Es la hora…

De abrir el corazón como nunca. De dar fe de todo lo que llevamos guardado durante estos años. Visto lo visto, es casi obligatorio saber apreciar cada momento que disfrutamos de una hermandad en la calle, con todos y cada uno de nuestros sentidos. Porque hay quienes no tuvieron la fortuna de vencerle la batalla a la enfermedad, y permanecen aguardando en la Esperanza de la Resurrección, sin tener la suerte de volver a vivir una Semana Santa. Por todos ellos, por los que ya no están, y también por nosotros mismos, porque bien sabe Dios que hemos temido por el retorno de las procesiones a la calle. Y también por aquellos que habrán de heredar nuestras cofradías del hoy, los que incluso aún no han llegado a ver aún un paso en la calle o simplemente no lo recuerdan. Por todo ello, tenemos que vivirla como si fuera la primera y a la vez, como si fuera la última que vivirá nuestro corazón. Porque nunca sabemos cuándo realmente lo será.

Lección aprendida. Habrá quien, a pesar de todo, siga sin haber atendido a esta lección impartida por el de arriba, cuyos designios son inescrutables. A título personal, no me resulta incómodo decir que he tratado de tomar buena nota de lo enseñado a base de este durísimo revés que tantas historias interrumpió en nuestras vidas. Aprovechar cada oportunidad como si jamás volviera a presentarse, vivir sin remordimientos, a sabiendas de que los mayores arrepentimientos siempre radican en lo que se deja de hacer, y no tanto en lo que se hace. Por ello, saborear cada instante de las cofradías en la calle se tercia como una obligación para quien escribe. Otra lección vital… que dejemos de preocuparnos por minucias, por enfrentarnos los unos con los otros por asuntos nimios, cuando podemos esforzarnos en alcanzar puntos de común acuerdo, dejar pasar alguna que otra cosa de escasa importancia, y disfrutar en comunidad cristiana de nuestra pasión cofrade. Parece sencillo, pero hay quienes ni por una pandemia mundial han logrado aprender nada. Ni siquiera a valorar a los que han estado al pie de cañón cuando nadie quería estarlo. Ni que los ojos, libres de mascarilla alguna, hablan mucho antes que la boca. Recordemos también que las que se pusieron a la vanguardia, en los momentos más difíciles para las cofradías, fueron Jerez y Arcos de la Frontera. No es un detalle baladí. Miremos atrás para aprender de los errores, para acordarnos de todo lo sufrido, guardado y anhelado de este interminable cuaresma que esta vez se prolongó durante tres años.

Mereció la pena la espera. Rotundamente sí, cuando decía aquello de que «te esperaría toda una vida, porque mi vida eres tú», no exageraba ni me acogía a una simple figura retórica. La Semana Santa vertebra la idiosincrasia de Andalucía, aunque haya quien no desee ver lo evidente. Realmente las hermandades vertebran el ADN de los andaluces, nuestra fe es parte intrínseca del alma andaluza, de nuestra manera de entender la vida. Sin los pasos en la calle, ha faltado algo. La espera se hizo eterna, pero…

Más eterna, si cabe, será la gloria. La Semana Santa de 2022 ha de ser la más bonita, emocionante y maravillosa de nuestras vidas. Recordada como la de «volver a volver», como decía la canción. No importa el lugar, la manera de cargar los pasos, el sitio que ocupemos en esa colosal estructura que implica poner una hermandad en la calle. Tenemos que poner los cinco sentidos, el alma y el corazón en estos días de la Pasión de Cristo, siendo conscientes de que en tan solo una semana todo habrá pasado, aguardando la Gloria de la Resurrección, pero volviendo a reiniciar la cuenta atrás durante todo un año. Volvemos para, si Dios así lo quiere quiere, no irnos nunca más, porque nuestra tierra necesita de procesiones y porque, por derecho, las calles también son nuestras. Que jamás vuelva a suceder algo así.

Cuando se abran las puertas del Domingo de Ramos, y la emoción nos aflore en la mirada, nuestro corazón volverá a latir al son de una corneta y un tambor, del racheo contra el asfalto, al compás de una trabajadera o de un varal, envuelto entre bambalinas y candelabros de guardabrisa. Lo más profundo de nuestro ser se aferrará a Jesús y María, que volverán a salir a nuestro encuentro y en busca de aquel que, por un motivo u otro, no suele acercarse al templo. Que el oído suene a quejíos de saetas y llanto de cornetas, que el tacto acaricie terciopelo de un paso y los abrazos a los hermanos, que la vista se se enamore, de nuevo, del deslumbrante resplandor de una candelería encendida y del azul del cielo, que el olfato se embriague del aroma de los claveles de un palio y el amargo incienso, que impregne una vez más nuestra ropa, y que el gusto tenga el sabor del perpetuo e inevitable nudo que abrazará con frecuencia nuestra garganta.

Porque será la Semana Santa de los incontables reencuentros, la de recuperar nuestro lugar, la de conquistar la calle y los corazones ávidos de Dios, la de arrimar el hombro como nunca y la que acercar a Dios a quienes más lo necesitan, la que marcará un antes y un después en el calendario de un alma que se ilumina, por fin, en primavera. La del recuerdo de los que ya no están, la del encuentro de los que están por primera vez, y la del reencuentro de los que vuelven. La de querernos todos un poquito más, y mirarnos el ombligo tres poquitos menos. La que está llamada a ser saboreada cada segundo y recordada durante toda la eternidad. La que volverá a darle sentido a absolutamente todo. La del triunfo de la esperanza. A fin de cuentas, la Semana Santa más bonita de nuestras vidas.

La de dar rienda suelta a la que nunca dejó de ser… nuestra bendita locura.