Es temprano. La calle goza de un silencio artificial, los pájaros se apropian del aire para llenar la mañana con su piar que nos recuerda a instantáneas de infancias perdidas. No se escucha ni un sólo coche. Parecía una mañana de Viernes Santo cuando el pueblo se despertaba con las pisadas de nazarenos de túnica negra, antifaz morado y cíngulo de seda. Pero era otro viernes, el que le precedía.
A solas dos hombres paseaban a paso ligero por distintas calles hasta que el gris adoquinado les condujo a ambos por distintos caminos a una sencilla puerta de madera. Se miraron, dos vueltas a la llave y entraron. Allí dentro casi sin mediar palabras sacaron de un armario una funda negra. Cuando desabrocharon la cremallera apareció una túnica de hermoso terciopelo con un rico bordado en oro.
Entre los dos cogieron la pesada pieza y se dirigieron al camarín de Nuestro Padre Jesús Nazareno. En en el hueco donde sale la talla del Señor para la veneración de sus fieles pusieron una tela morada presidida por las cinco cruces de Jerusalén como marca la costumbre, aunque hacía semanas que nadie entraba en el templo. Desenrollando el cíngulo de la Imagen empezaron con la tarea más íntima y mística que puede haber en una hermandad.
Estos dos hombres guardados en el anonimato de horas y horas echadas en la cofradía hablaban lentamente con el Señor. Le pedían que acabara esta pesadilla que está desolando al mundo. Un padrenuestro por los enfermos y fallecidos. Un suspiro pidiendo salud por sus familias. Y quizás alguna lágrima por un pensamiento demasiado profundo. Lo hacían con el corazón aunque a veces se les escuchaba algún murmullo que salía tras sus mascarillas. Un camarero y un prioste que se habían convertido en cirujanos que meticulosamente desvestían y vestían a la portentosa Imagen de Jesús Nazareno.
Dentro de ellos sentían el cosquilleo de que era un día grande. Viernes de Dolores, día en el que se celebra la Función a Nuestro Padre Jesús Nazareno según marcan las reglas de esta primitiva cofradía del pueblo de Paradas. Y el Señor pedía estar vestido de Majestad. No habría por la tarde ningún altar esplendoroso en su honor, ningún beso a sus pies, ninguna mirada húmeda y tampoco la íntima subida a su paso. Aunque durante todo el día en la soledad de las habitaciones y los salones de muchas casas hubo multitud de oraciones hacia Él.
Esta es la historia de una de las tantas veces que se le ha puesto esta antigua y anónima túnica al Nazareno de Paradas. Primero al de Fortez y luego al de Orce. Pero no era una vez cualquiera. Iba a ser la que se pusiera el Viernes Santo que cumplía 200 años la inigualable pieza de la provincia sevillana.
Jesús Nazareno quiso quedarse con ella esta Semana Santa sin que recibiera el sol de la mañana de Viernes Santo. Él la quiso tener consigo en la penumbra de la Parroquia de San Eutropio. A oscuras como la historia de la túnica. Gris como las fotos del siglo XIX que arropaban a un fino Nazareno que destruyeron un caluroso día de julio. Sombrío como el pozo donde la escondieron con la esperanza de que pudiera volver a vestir al Señor. Apagado como el armario del Colegio de las Adoratrices donde estuvo décadas custodiada y perdida.
Esta túnica es la «piedra rosetta» que descubre los dos últimos siglos de la historia de esta hermandad. Los vaivenes de años difíciles y el esplendor de otros años como dos mil cinco cuando se celebró el IV Centenario de la Hermandad de los Nazarenos de Paradas. La pieza tiene el anonimato por autoría. Quizás porque pertenezca a las generaciones que año tras años la han guardado para seguir vistiendo al Señor con su mejor gala. Que no es el del mejor bordado del mundo, sino del terciopelo que recoge el recuerdo de sus antepasados que se emocionaron viendo a Jesús Nazareno vistiéndola.
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