«La única Estrella que brilla en el mundo con luz propia y pureza de amor incondicional»

Es el arte de vestir a las imágenes devocionales una de esas manifestaciones artísticas singulares, asociadas irremediablemente al sentimiento, en muchas ocasiones no ponderadas suficientemente por el gran público acaso por su carácter efímero, cuya influencia siempre fue decisiva a la hora de concretar la estética asociada a una imagen sagrada y por extensión a toda una cofradía. Los vestidores, creadores capaces de trascender al paso del tiempo con obras temporales, tienen como labor esencial potenciar la belleza de una talla y al mismo tiempo la unción sagrada de la que el imaginero hubo de dotarla para convertirla en la representación de la Madre de Dios.

Uno de los máximos exponentes contemporáneos de este arte maravilloso es el cordobés Manuel Jiménez cuyas manos son capaces de provocar la admiración y al mismo tiempo servir de cauce y elemento sustancial para convocar a la oración sincera y a la introspección. Su capacidad, consecuencia directa de una indiscutible condición innata alimentada por sus vastos conocimientos, logra concebir una vez tras otra creaciones en las que alcanza la perfección para deleite del espectador y alimento del alma.

Cuando la Huerta de la Reina se prepara para vivir el primero de los días grandes que componen el nuevo curso que acaba de comenzar, el Rosario de la Aurora presidido por Nuestra Señora de la Estrella, que tendrá lugar como siempre el próximo 8 de septiembre, Jiménez ha vuelto a convertir en arte lo que para otros es mera imitación, iluminando la belleza indiscutible de la dolorosa de Juan Ventura para que vuelva a reinar poderosa bajo el sol de la mañana entre el fervor incondicional de sus hijos.

Para esta ocasión, en un alarde simbólico, metáfora de la devoción popular asociada íntimamente a Nuestra Señora de la Estrella, la Virgen ha sido ataviada íntegramente por piezas que han ido engrosando paulatinamente su ajuar con el paso de los años en virtud de las donaciones que fieles y devotos han ofrendado a quien es faro y guía de todo un barrio. Y es que todo lo que lleva la Estrella es donación de hermanos. La saya, ejecutada sobre seda salvaje en paños de tul bordados en hojilla pertenecientes a un alba muy antiguo del siglo XVIII, fue donada por un devoto y la confeccionaron las hermanas camareras, el tocado es un tul bordado en hojilla también regalo de un hermano devoto y anónimo, el Rosario, sobre turquesas y filigranas de plata, obedece igualmente a una donación, como regalo es el tocado en seda. Todo ello para conformar un espectacular conjunto para la Estrella que más brilla, «la única Estrella que brilla en el mundo con luz propia y pureza de amor incondicional», como ha subrayado el propio Manuel Jiménez, la que ha de iluminar a Córdoba camino de la Redención.