Mañana celebraremos Nochebuena. Pasadas unas horas de ese día, Navidad. Festejamos todos juntos un acontecimiento ocurrido hace dos mil años, pero ¿por qué? ¿Es una cuestión de fe?, ¿es por hedonismo?, ¿por costumbre forzosa? Dilucidar su motivación nos permitirá descubrir no solo la realidad de este fenómeno, sino también el ánimo que nos impulsa a mantenerlo.
Podemos coincidir casi todos —permitidme ser prudente— en que en estas fechas celebramos el amor. Sin embargo, no es un amor cualquiera, sino aquel que se identifica con el término griego «agápe», es decir, el Amor universal y con mayúsculas, el cual no está sujeto a ningún interés: el amor por amor. La idea está latente durante estos días, en los cuales abunda la bondad, los buenos deseos, las sanas intenciones… Todo por un amor hacia una idea que, si bien se debate, por otro lado soporta los vaivenes del tiempo.
Más allá de lo religioso, muchos defienden en su interior la opinión de que existe una idea de Bien sazonada, entre otras cosas, con el concepto del amor antes expuesto. Amparados en esto, aprovechan estas festividades para vivir este ideal al menos de palabra, aunque hay otros que se ejercitan también en las obras. En definitiva, y utilizando una metáfora, miran el mundo con ojos amorosos, cándidos, interpretando que nuestra existencia no tiene otro fin salvo el Amor.
Desde lo religioso, el razonamiento anterior se complementa si aceptamos que «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16), pues «Dios es amor» (1 Jn 4,16b). Como creyentes aceptamos este principio y nos comprometemos a cumplirlo, o al menos así debería ser. El problema está cuando saltamos de la teoría a la práctica, nos enfrentamos a la crudeza del mundo y tenemos que convivir con un prójimo que, o bien nos busca las cosquillas, o bien se las buscamos a él. Amparados en que no somos perfectos, aunque se nos diga que seamos «perfectos como [nuestro] Padre del cielo es perfecto» (Mt 5,48), en muchos casos obviamos el mandamiento del amor y nos escudamos en rencores, intereses y ambiciones. De ese modo, antes que amarnos los unos a los otros (Jn 15,12b), aceptamos que «el hombre es un lobo para el hombre».
Como dije al principio, dentro de nada será Navidad, el momento de la encarnación del Amor, y no quiero que el regusto final de este artículo sea fatalista. Al contrario, entre las múltiples enseñanzas que se desprenden de esta festividad encontramos la de la candidez. Ambicionar ser cándidos, sin malicias ni dobleces, es ciertamente una locura para el mundo, pero nosotros en verdad no somos del mundo (Jn 15,19b). Al contrario, tal deseo se convierte en una necesidad, pues solo los dichosos que alcancen tal virtud serán del Reino de Dios (Mt 5,3-10).
Por tanto, es hora de desempolvar las gafas del amor y tomar la resolución de no quitárnoslas nunca. Cuando mañana estemos sentados junto a la mesa, rodeados de nuestros seres queridos y esperando la conmemoración del nacimiento de Cristo, atrevámonos a comprometernos con este principio de vida para con todos, sin excepción. A fin de cuentas, es nuestro deber hacerlo si decimos que creemos. Si no, más vale volver al principio del artículo y sopesar si en verdad nos mueve otro motivo. En cualquier caso, atreveos a pensarlo. ¡Feliz Navidad!
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