La vara del pertiguero, Opinión

La vara del pertiguero | Rey del Universo

La solemnidad de Cristo Rey, establecida en 1925 por Pío XI, nos recuerda dos principios fundamentales de nuestra fe: por un lado, la soberanía de Jesús sobre todos; por otro, nuestra vinculación a él como Señor. No son meras repeticiones, sino un concepto bifronte que olvidamos en la mayoría de las ocasiones, pues al aceptar a Cristo como el Rey (siempre con mayúscula) hemos de practicar en nuestra vida la justicia que ese mismo soberano nos llama a cumplir.

Son tiempos de confrontación sociopolítica, de acalorados debates ideológicos, de riñas más o menos entendibles en lo tocante a diversos temas que, ocasionalmente, pertenecen más al paciente pasado que al apremiante presente. Nos dejamos gobernar por otros con aquella inocente creencia de que sabrán hacerlo bien o, como mínimo, lo harán sin fastidiarnos mucho. Celebramos el derecho a poder elegir a aquellos que hacen nuestras leyes, a pesar de que la elección no sea garantía ni de seguridad, ni de justicia, ni de auténtica libertad… Ya lo dijo el filósofo Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre”.

No obstante, el cristiano supera todas esas limitaciones terrenales y vincula su amor y fidelidad al que siempre es bueno y fiel. Dios, revelado en Jesucristo, se nos presenta como aquel Rey prometido que nos trae la verdadera justicia y misericordia. Al menos nosotros, los bautizados, así lo creemos, de modo que es coherente actuar en nuestra vida, ya sea en lo privado o en lo público, con aquel espíritu evangélico que aboga antes por la paz que por el enfrentamiento. Suponer con Marx que todo avanza a través de una lucha social, o que nuestro yo interior se debate entre la pasión y la muerte como defendía Freud, son simplificaciones materialistas inadmisibles para aquellos que afirman pertenecer a Cristo.

En un mundo donde jurídicamente las leyes naturales y divinas han sido soterradas bajo la capa del positivismo y del materialismo filosófico, primando los principios del relativismo moral, plantear la idea de que la ley ha de servir al hombre y no el hombre a la ley se ha convertido en una locura antimodernista. Ya decía Campoamor, insigne poeta, que “todo es según el color con que se mira”, aunque hay cosas que por mucho que se miren siguen siendo las mismas. Es por eso que nosotros, cristianos convencidos, no nos conformamos con unas normas redactadas al arbitrio de intereses partidistas y mundanos. Si ya no somos del mundo, pese a estar en el mundo (como dice el Evangelio), es porque Cristo es nuestro Señor, aquel que da cumplimiento a la Ley, aquel que fija la Ley en el mandamiento del amor, el mismo Dios que nos constituye como sal de la tierra y luz del mundo para dar testimonio de la verdad.

Aprovechando la solemnidad de Cristo Rey, algunas hermandades celebrarán actos de culto intramuros, como ocurre en el caso de la Sagrada Cena con su titular, Nuestro Padre Jesús de la Fe. La cordobesa parroquia del Beato Álvaro celebra hoy la veneración de su Señor, quien portando aquel cáliz de salvación, símbolo de luz y esperanza, nos recordará que la calidad de rey no se mide por la ostentación, la fuerza o la magnificencia exterior, sino por valores trascendentes, universales y eternos tales como la justicia, la misericordia, la bondad… Este domingo, ante Cristo Rey, sin necesidad de más corona que aquella que cubrió sus sienes en el Gólgota, hemos de recordar que toda la Ley del cristiano está grabada, como dice san Pablo, en nuestros corazones; y que esa misma Ley, superior a cualquier otra, nos ha de guiar hasta el ocaso de nuestros días, no como siervos ni esclavos, sino como ciudadanos de un Reino que nos ha sido otorgado.