La Virgen de los Dolores, vestida con el histórico manto de Alburquerque para el Vía Crucis Magno de Córdoba

La Señora ya se encuentra entronizada sobre su paso procesional para participar en el Vía Crucis Magno “Córdoba, Vía Sacra de Occidente”, luciendo las emblemáticas vestiduras del obispo Alburquerque, joyas de la devoción decimonónica cordobesa

En las vísperas del Vía Crucis Magno “Córdoba, Vía Sacra de Occidente”, la Virgen de los Dolores, excelsa titular de la Hermandad Servita, ya se halla dispuesta sobre su paso procesional, aguardando la cita extraordinaria que reunirá en la capital a grandes devociones de la diócesis.

El legado del obispo de Alburquerque

Para esta solemne ocasión, la Dolorosa de San Jacinto luce la célebre saya y el manto “de Alburquerque”, un conjunto de profundo valor histórico y artístico que la Virgen viste tradicionalmente durante el Solemne Septenario que se celebra cada año en su honor en las vísperas del Viernes de Dolores.

El manto, ejecutado en ricos tejidos y bordados, recibe su nombre en homenaje a su benefactor, el obispo don Juan Alfonso de Alburquerque, quien costeó íntegramente la pieza en 1864. Aquel gesto de mecenazgo episcopal permitió además que los donativos populares recaudados con anterioridad se destinasen a la ejecución de otras joyas para la Dolorosa, entre ellas una nueva diadema y el corazón de pedrería que hoy, siglo y medio después, vuelve a lucir sobre su pecho con el mismo fulgor devocional.

Una presencia que resume historia y fervor

Con esta cuidada elección de vestiduras, la Hermandad de los Dolores ha querido subrayar la continuidad de su historia y el arraigo de su culto, presentando a la Virgen tal como la vieron generaciones pasadas en los días previos a su fiesta principal. La magnificencia del manto de Alburquerque no solo rememora la generosidad de la Córdoba decimonónica, sino que también simboliza el vínculo permanente entre la ciudad y su Dolorosa, que vuelve a ocupar un lugar central en el marco del Año Jubilar y la Magna cita de fe.

Desde su altar itinerante, la Dolorosa Servita se muestra, una vez más, como emblema de la piedad cordobesa, envuelta en la majestuosidad sobria de sus bordados antiguos y en el eco espiritual de quienes, desde hace más de siglo y medio, la veneran como Madre Dolorosa y Señora de Córdoba.