La iglesia de Santiago ha vivido este domingo una de esas jornadas únicas e insustituibles que se repiten cíclicamente para regalar al devoto y al cofrade esos momentos singulares, personales e intransferibles, que solamente pueden vivirse a las orillas de la Madre de Dios. Y es que la Hermandad de las Penas de Santiago ha culminado los tradicionales cultos, que cada año consagra en honor de Nuestra Señora y Madre de los Desamparados, con el besamanos que cada año protagoniza la bellísima dolorosa de Antonio Eslava.
Una ocasión irremplazable para que el devoto pueda acercarse a contarle sus confidencias, a regalarle sus oraciones y a pedirle su intercesión a la Virgen que mira el cielo, implorando el consuelo para el dolor infinito de una Madre a la que le han robado el mayor de sus tesoros. Nuestro compañero Antonio Poyato ha estado frente a Ella para atesorar a través de su objetivo imágenes irrepetibles que jamás volverán a reproducirse, porque esa es la grandeza del arte efímero que se construye por obra y gracia de las cofradías, que es capaz de convertir en único aquello que parece repetirse cada año.












