La voz inconfundible de Miguel Loreto

En los últimos años el hospital de la Caridad era su morada. Aquel asilo regido bajo la regla de Mañara se había convertido en un oasis de tranquilidad alejado de un mundo de costales y levantás que al unísono despertaban los aplausos más enfervorecidos. Había sido costalero, capataz, nazareno y armao de la centuria de la Macarena. Dejó el martillo en 2011 después de estar más de treinta años comandando el paso de la Sentencia, que ahí es ná. Y en 2012 recibiría el premio Demófilo concedido a la obra de arte efímera, en este caso por la llamada realizada en la madrugada del Viernes Santo de 2012 durante la salida de su hermandad. En ese instante se concentraron los momentos que durante más de tres décadas lo habían encumbrado a la cima. Era, y seguirá siendo un capataz con un corazón sentenciado por la Esperanza.

Porque, aunque ya no formaba parte de la primera línea cofradiera, se acercaba cada Jueves Santo a contemplar a quien había guiado por las calles de la ciudad y a su Bendita Madre, gracias a la ayuda de su hermana Dolores, y nunca olvidaba los momentos que allí pasó. El ictus que sufrió no le impidió seguir cumpliendo este deseo. Había dejado tras de sí una cuadrilla que había crecido bajo sus órdenes, que recuerda anécdotas que hoy, tristemente, son rescatadas bajo esos latigazos que atiza la ausencia. Como aquel año donde arrimó el paso a un niño que en brazos de su padre contemplaba la grandeza del misterio. Y el pequeño comenzó a llorar. Y también lo hizo el padre. Miguel preguntó por qué lloraba y el padre respondió que nunca había visto signos de llanto ni alegría en él. El capataz se deshacía en lágrimas. El niño era autista. Llanto de Esperanza.

MIGUEL LORETO Y SU FRASE PARA LA HISTORÍA EN EL MISTERIO DE LA SENTENCIA

Miguel grabó en el mundo cofradiero aquella sentencia: lo quiero ver volar que, aunque se escuche de otras voces, nunca resonará igual que salida de aquella garganta ronca, metáfora de quien ha sorteado las embestidas de la vida. Seguramente en el alma tuviera secuelas de aquellos que tejían traiciones en la sombra. Quien había creado un estilo propio y había sido maestro de una cuadrilla sobresaliente tuvo que torear no pocas veces la ingratitud de los pitones que atacan por la espalda, como hacen los toros cobardes. Hoy también le echarán de menos. Porque eso sucede cuando se van los grandes. A pesar de todo ello nunca perdió el sentido del humor, que despertaba las risas de quienes se acercaban para estar con él en ese hospital que es toda una lección de lo que somos. 

Antes de que las redes sociales se convirtieran en juicios de la razón, de tribunas implacables, de que el postureo se revelara inconmensurablemente como el mal que nos acecha ― como si no tuviéramos bastante con lo que ya de por sí tenemos ―, el tabernero había cambiado la barra del bar por la madera de un barco que tras de sí muestra las redes camaroneras que vertebran las caras de esta Sevilla. Qué buen conocedor era de ello, como ventajoso pescador que fue. Ahora Miguel se encuentra ya junto a la Señora de San Gil y el Señor de la Resolana. Seguro que recreando  aquel costero a costero frente al Hijo que cada madrugada de Viernes Santo sentencian por las calles de la ciudad.

Miguel Loreto Bejarano - Capataz del Señor de la Sentencia