La mañana barruntaba el broche de oro que la hermandad de la Resurrección había preparado para Sevilla. Un broche de oro concebido con mimo por la corporación de Santa Marina materializado desde el preciso instante en el que, a eso de las 8:30, la cruz de guía de la cofradía se ponía en calle para anunciar por las calles de la vieja Híspalis que el Señor había resucitado. Arropada or un número creciente de fieles y cofrades, el cortejo fue desgranando la distancia que separa la calle San Luis de la Santa Iglesia Catedral. Para cuando la cruz de guía de la corporación lasaliana llegó a una abarrotada Campana, miles eran ya las miradas que acompañaban el devenir de la cofradía.
La Agrupación Musical María Santísima de las Angustias, fiel a su clásico estilo, iba abriendo el cortejo. Tras el Resucitado, sonaban los sones de la Agrupación Musical Virgen de los Reyes, tras un paso comandado con maestría por el incombustible Antonio Santiago. Particularmente emocionante fue la levantá que Santiago quiso dedicar al inolvidable Miguel Loreto, en el mismo lugar en el que el mítico capataz llamase por última vez a la cuadrilla del Señor, en presencia de sus hermanos y un grupo de sus costaleros, bajo un cielo que ya había mutado en azul para evidenciar como la luz incandescente de la resurrección del Señor vencía a la muerte por cada rincón de Sevilla.
Tras la Virgen, era la banda de María Santísima de la Victoria, de Las Cigarreras, la que cerraba el acompañamiento musical, magnífica durante toda su intervención aunque particularmente brillante en el recorrido de regreso, cada vez con mayor presencia de público tras la salida de la Catedral. Aunque podía disfrutarse con comodidad, la multitud fue creciendo una vez que la corporación se alejaba del centro. Como cada año, insertos en el cortejo pudieron verse nazarenos de negro, de la hermandad de los Javieres, con la que la hermandad que cierra la Semana Santa hispalense mantiene un estrecho vínculo.
Muy curiosa fue la imagen del palio, de la hermandad de la Estrella, que cobijaba a la última Virgen que acude a la Catedral, sobre todo porque el sol refulgía con fuerza y resaltaba aún más esta magnífica pieza. Una jornada en la que hubo un calor sofocante que fue apretando a medida que se pasaba del ecuador de las doce de la mañana, que tuvo un instante de especial recogimiento al pasar por el convento de las hermanas de la Cruz y en la que se llenaron los templos de las hermandades del Viernes que no pudieron realizar estación de penitencia debido a las inclemencias meteorológicas. En la calle San Luis, ante la Hermandad de la Virgen de la Cabeza, un matrimonio donó a la la Virgen de la Aurora una Cruz pectoral de Su Santidad el Papa Francisco.
Otras estampas del domingo de Ramos son el besamanos a la Virgen de la Alegría de San Bartolomé, el besapiés del Cachorro, el besamanos del Nazareno de la O y la tradicional misa del azahar que arrancó a partir de las 12:00 horas en San Antonio Abad. Numeroso público el que se dio cita en la plaza de San Lorenzo y en las inmediaciones de la basílica de La Macarena. En la Anunciación, la Virgen del Valle amanecía acompañada por San Juan y la Magdalena, como antaño acudía a la Santa Iglesia Catedral, conformando otra de las escenas que se han convertido en tradicionales cada Domingo de Resurrección.
Todo ha terminado. Atrás queda el regusto agridulce que las cosas incompletas. Solamente queda volver a repasar los tesoros almacenados para siempre en nuestra memoria, los recuerdos imborrables que permanecerán intactos para siempre y, ¿por qué no?, comenzar a descontar mentalmente los 349 días que restan para el próximo Domingo de Ramos, inmersos como estamos en esta secuencia infinita e interminable de acontecimientos en la que los cofrades siempre habitamos. ¡Feliz Tiempo de Glorias!





