Las tardes que perdimos

Luz azafranada que baña la tarde dominical. El pulso de la ciudad es lento y constante. El tiempo sin tiempo de Cernuda resumido en un puñado de horas que van desde la caída del sol al ascenso de las estrellas. Es la atmósfera de los poetas. Romántica, mágica, inclasificable. Quien sale un domingo por la tarde no se dirige a ningún sitio, se deja llevar como un niño. O un adolescente en busca del amor de su vida. Durante el camino, el pensamiento intenta huir de lo mundano mientras el corazón bombea impaciente, intuye que se acerca la cita. Ha llegado el reencuentro y el aliento desaparece. Ahora todo tiene áurea celestial. Sevilla es una parcela del Reino de Dios.

Cuesta trabajo emplear palabras para explicar lo inefable, sencillamente porque no se puede. Al igual que no se puede lograr escapar del centro una de aquellas tardes de domingo que para muchos sevillanos María es el centro de todo. Hablo de aquellas tardes porque aunque el recuerdo todavía huele a incienso en nuestra memoria, el pesimismo ve casi inalcanzable volver al locus amoenus que acabamos de dejar escapar. Las tardes que perdimos tienen el olor de las casas de los abuelos, ellos son de los pocos que mantienen limpio el recuerdo de las glorias de cada parroquia. Atrás queda el recuerdo ligado de una infancia marcada por dos manos diferentes y arrugadas, cada una abrazando a otra propia, tersa e infantil. Es el recuerdo sensorial de la niñez de muchos amantes de aquellas tardes en las que se debería vivir eternamente. Allí también habita el recuerdo de una infancia perdida en misas de ocho con unos abuelos que siempre los recordaremos con la imagen de María que llevaban en su pecho o en el cuadro de la mesita de noche.

Las glorias son un tesoro escondido y muy preciado. Si lo encuentras, nunca podrás soltarlo porque si no perderás un motivo para vivir. Es el momento de sumergirse en uno de los mejores escenarios del encanto. Todo está medido durante unas horas nacidas para una serie de personas, siempre las mismas, irremplazables. Es el fulgor de María que resplandece en su máximo esplendor en las feligresías, entre los barrotes de los balcones de las mujeres mayores de misa diaria. Es un “plantillazo” de Tejera que da un vuelco en el corazón. Es una calle estrecha, enladrillada y encalada, que no necesita naranjos porque la esencia del azahar está sobre un paso. Es el sonido de “Pasa la Virgen Macarena”.

Fugazmente, como la vida, también pasan las glorias. El próximo domingo será extraño, faltará algo que está dentro de nosotros mismos. Las tardes tendrán un punto amargo porque desde lejos sabemos que nos ganará el pulso. Y costará. Mucho. Dejarnos llevar por una ciudad en la que estaremos como náufragos en un mundo que ya no será el nuestro. Tenemos miedo al adiós, pero la melancolía será efímera porque más pronto de lo que creemos llegará lo mejor…