Pocos son los detalles capaces de sobrevivir al paso del tiempo en nuestra Semana Santa. No es tarea fácil encontrar en ella las características idóneas que lo conviertan en algo digno de permanecer ajeno a los caprichos de las modas y tampoco estar sujeto a la imperiosa necesidad de una renovación ni a las opiniones y criterios de las sucesivas juntas de gobierno que rigen el destino de una hermandad. Esos privilegios quedan reservados para unas pocas hermandades con una personalidad y un sello tan marcado como las del Remedio de Ánimas o el Vía Crucis.
El desapego que a veces demostramos tener por el pasado, la historia y las tradiciones de la Semana Santa cordobesa nos conduce a menudo a lamentar – con el paso del tiempo – la desaparición de algunas piezas patrimoniales entre las que a veces se encuentran los que un día fueron titulares de una cofradía.
Si algo semejante ha ocurrido y sigue ocurriendo con las propias imágenes en torno a las que se han constituido no pocas corporaciones, no podían correr distinta suerte muchos de los tantos componentes que dan forma al estilo y la estética de las que las hermandades hacen gala en sus estaciones de penitencia. Esos casi constantes cambios incluyen los de acompañar con sones de cornetas y tambores lo que antes venía marcado por la sofisticación y la delicadeza del acompañamiento musical de una agrupación. También por cambiar la armonía cromática existente entre un palio, un manto y el exorno floral por otra radicalmente distinta o por la sorprendente necesidad de reemplazar un paso tan nuevo como inacabado por otro igualmente nuevo e inacabado.
Teniendo en cuenta esas alteraciones, no es de extrañar que muchos sueñen con la idea de ver constituido – o incrementado – todo un misterio en torno a una talla en particular, al igual que, a fin de cuentas, tampoco es tan raro imaginar cómo sería el Cristo de la Caridad con un acompañamiento musical distinto al de la Legión, la incorporación de un clásico palio a ciertos pasos o la estética de determinadas imágenes sin el característico rostrillo, ahora relativamente más sencillo después de haber visto por primera vez el cuello de la Señora de Córdoba en esa antigua fotografía que ya comentábamos en anteriores publicaciones de Gente de Paz.
Después de todo y dadas las circunstancias actuales en las que la nómina de hermandades parece incrementarse con las próximas y anheladas incorporaciones de algunas de las más jóvenes a nuestra Semana Santa, quizá no sea ninguna locura comenzar a preguntarse el día que podría serles reservado a cada una de ellas. Hecho que, a su vez, hace inevitable detenerse a pensar que algunas de esas jornadas lleguen posiblemente a contar con la presencia de hasta siete hermandades – sino más – mientras el Sábado Santo continuará pareciendo una opción impensable y la Madrugada del Viernes Santo seguirá estando representada única y exclusivamente por la Hermandad de la Buena Muerte.
Tal vez algún día esa Madrugada vuelva a parecerse a la que en su día intentaron dar forma las hermandades del Nazareno y de la Merced, aunque esperemos que con más éxito y que en ese hipotético caso cuenten con más apoyo del que encontraron por aquel entonces por todas las partes imaginables y no con el vacío y el menosprecio al que muchos condenan a esa noche, alegando que en la ciudad califal esa realidad, sencillamente, no existe.
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