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El Respiradero, Opinión

Las Vírgenes del centro

Noche de Jueves Santo. Muy cerca, se escucha crujir plata vieja en una fuerte levantá. Suenan las primeras notas graves de una marcha y la candelería consumida se avisa por la esquina. El corazón se encoge lentamente mientras la cera llora. La música baña de armonía el comienzo de la madrugá y el público se pierde en la melodía lenta y romántica que explota cuando tras una pared encalada aparecen los ojos acuosos de la Virgen del Valle. Ahora el ambiente tiene un tono verdoso, no existe juicio que entienda la noche. Sevilla queda presa de un amor profundo que corta la respiración como si se ahogase en las aguas del Guadalquivir. La Virgen del Valle es la delicadeza de un amor profundo. Su mirada entraña la perdición de la consciencia. A su paso, la calle es un río de melancolía y poesía becqueriana:

“Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas:
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva
y verdes son las pupilas
de tus ojos que me inquietan.”

¿A dónde va tu suspiro? ¿A dónde tus ojos que miran a la nada? Perdida se te ve por la oscura madrugada de la luna del parasceve que intenta iluminar Tu camino en la noche enamorada.

¿Qué tendrán las Vírgenes del centro? Dolorosas de cuadros en sepia, quebrantos de poetas románticos que sueñan con Ellas. De la Anunciación a San Vicente cuando Dolores alza su pena al cielo y reza. Se detenta la belleza en la noche. Todo es perfecto. Suena Tejera a música de Braña y en Sagasta un reloj marcas las horas y recuerda a Roberto Cantoral

Reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer,
Ella se irá en el tic-tac de tu reloj que me marca mi dolor.
Reloj, detén su camino
Detén el tiempo en sus manos
Porque mi vida se apaga
Cuando pierdo a la Virgen de los Dolores
Y yo sin su amor, soy nada.

En el compás de San Pablo una bella dama cruza la noche llena de llanto. Tiene el tiempo en su pulso. En su paso el aroma de viejos años y la fragancia que hiere el alma. Tiene tu tez morena la desazón de no poder contemplarte cuando Montserrat se aleja y desborda su belleza. Llévanos al blanco de tus ojos. Donde tu Reino queda entre Castillos y Leones a la luz de una luna que te besa e inspira devociones.

Déjame, Madre mía, que vivamos nuestro íntimo amor. Que en la muchedumbre de la bulla sean nuestras miradas las que se miren fijamente y después alza la tuya a la luna para que nunca se nos olvides donde vives Tú.

Allí donde bajo tus pies tienes la luna, vestida del sol que es la luz de Dios y el color que Murillo consiguió para que en Sevilla, entre el azahar de San Antonio Abad, pusiera doce estrellas que es símbolo de nuestro amor por Tu Pura Concepción.

Alza también tu mirada, Madre del Mayor Dolor, Princesa de la Carretería, elegancia que bañas de Luz a un hijo que trae Salud tendido en la Cruz que encontremos en el arenal de nuestras vidas.

Y póstrate ante nosotros Madre de Dios y de la Palma que alcanzamos la salvación a la luz de tu mirada cuando la candelería alumbra a un río de amor que desborda en San Pedro el eco de nuestra ilusión.

Que no es otra más que quererte, más que vivir en Ti. A la Merced de tu belleza que pone en jaque el corazón cuando en la miel de tus labios encontramos la dulzura de Pasión.

¡Oh ciudad de la belleza! Llénanos de María para que podamos vivir por su amor que no es otro más que el que se recrea en su Gracia, el que recorre las calles de vida y Esperanza, el que cruza un río que trae la vida y cuando vuelve la vida se apaga. La de los jóvenes que la conquistan con su ensueño como San Fernando en San Bernardo soñaba conquistarla para que reinara una Reina de sonrisa enigmática que con el nombre de Reyes reina nuestras plazas. En la ciudad donde las fachadas atrae la armonía, la luz y la finura de aquellas Vírgenes del centro que nos atraen y nos abrazan para quedarnos para siempre presos en la ciudad en la que Laffón veía por las noches a los ángeles, las musas y los duendes. Alcen los ciriales, muchachos de Sevilla y lleven el incienso a la gloria de los balcones de aquellos que se fueron y allí en el cielo supieron que vivieron en la tierra más hermosa de cuantas hay más allá del firmamento, aquella que nos late por dentro y tiene un corazón que bombea por María en Semana Santa cundo acude al compás de nuestro encuentro.

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