El viejo costal, Opinión

Lo mejor de lo mejor

He vivido cientos de instantes magníficos junto a los titulares de diversas hermandades, entronizados en sus altares itinerantes, he vivido, me atrevería a decir, algún milagro cerca de su gualdrapas, e incluso debajo de ellas, he vivido muchas horas de felicidad junto a los respiraderos, en sus dos caras, desde dentro y desde fuera, he sentido el apoyo de muchos buenos costaleros, y en pago le he entregado mi sufrimiento en forma de esfuerzo, de manera totalmente altruista.

Pero os puedo asegurar que muy pocos como los que viví el pasado día siete, al lado de Nuestra Señora de la Fuensanta, esa Reina del Cielo, esa pequeñita virgencita, que a pesar de ser chiquita, va dejando un reguero de amor derramado por las calles donde pasa, y tanto derrama, que la hace ser grande.

Muy pocos como los que viví al lado de la cuadrilla de afortunados costaleros que fueron capaces de llenar con su trabajo, las vacías alforjas de fe, muchos pecadores viendo vuestro trabajo y viendo a la copatrona de Córdoba, elevaron los ojos al cielo, lanzando quizás, desde hace mucho tiempo una oración, alguna petición o simplemente pidiendo su amparo, escudo infalible contra cualquier pesar que nos pueda atormentar.

Ninguno hasta el día de hoy, como el que viví en el momento de la primera llamada, ¡Ole la boca piconera que tuvo a bien dedicarme la primera “levantá”!, Gracias hermano, muchas gracias de y desde el corazón.

Muy pocos como los que viví paseando en silencio entre las centenarias columnas de la Mezquita – Catedral cordobesa, Fuensanta y Mezquita, cielo y tierra, que orgullo siento de haber sido un hombre con la fortuna de estos mágicos instantes, que pocos ha podido disfrutar.

Pocas dificultades en el laberinto de itinerario que nos llevará con la serenidad que os caracteriza al andar, reposado el paso, sin prisas, serenidad de quien sabe trabajar a fondo la madera de cualquier trabajadera, de cualquier paso, de cualquier bendita titular, serenidad de maestro, serenidad de quien sabe de estas lides y de la somera penitencia que partiendo de la madera y saliendo por nuestros pies, no llena el alma de gloria.

Pocos, o muy pocos arrebatos de campanas, me han llenado tanto como el ver a mis hombres, presentar en las puertas del templo catedralicio a la Copatrona del Córdoba, a sus habitantes que anhelaban desde hace años, sentir su compañía, su bendita presencia sobre las viejas piedras del Patio de los Naranjos.

Muy pocas cuadrillas he visto moverse solo con corazón, con un solo corazón, con cariño, solo con amor y toda la fidelidad de quien sabe, el saber estar que os ha dado la veteranía, verla salir por la Puerta de Santa Catalina, caminar soberana hasta Caño Quebrado, y derramarse en la rivera, hacer que el mismo río se encoja y guarde silencio al ver tan soberbia Reina, acompañada por tan benditos y desinteresados píes. 

Otro momento que me ha dejado huella, fue en la calle Agustín Moreno, cerca de la esquina de Puertanueva, caminando a los sones de Campanilleros un grupo de niños, desde las aceras, con campanillas de barro, acompañaron el andar de Nuestra Señora, con los ojos brillando de ilusión, semillas arrojadas al suelo, que darán con el tiempo seguro algún fruto.

Y llegando a su Santuario, otro arrebato de campana, otro clamor del pueblo, y la dificultad de la puerta, fácilmente superada con oficio, al altar, donde se merece eterno culto, sones de la Banda de la Fuensanta, y el peor momento de todos, Juan, mi eterno capataz, abrazándonos nos despedimos, ya no estaremos más en estas lides, aquí para todo, pero os puedo asegurar que me voy con el mejor gusto de boca posible, no hay mayor triunfo que haber disfrutado de vuestro trabajo y entrega.

Os quiero. Os quiero desear lo mejor de lo mejor.