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El Capirote, Opinión, Sevilla

Lo que la verdad esconde

Hay que desmitificar la Semana Santa, en gran parte debido a un sector del público que parece haberse pasado la educación por donde estamos pensando. Los hay que no te dejan pasar, los que se plantan con las sillitas dos horas antes, los que se cruzan rompiendo las filas de nazarenos… Una variedad tal como los exornos florales de los palios. Y no hablemos de los que acompañan a los nazarenos haciendo estación de penitencia y se ponen a hablar durante todo el recorrido. Para eso podrían darse un paseo por las proximidades del Guadalquivir, aunque ahí las baldosas jueguen malas pasadas conformando un rocambolesco mosaico que se asemeja más a fichas de dominó recién caídas. La variedad también está presente en los nazarenos que realizan su estación de penitencia. Como los que aprovechan el paso por la catedral para salir al patio de los naranjos y fumar, o los que miran el móvil o saludan a lo lejos levantando la mano –qué de cosas ve uno sentado en la Campana, que ya contaré–. Y qué decir del nazareno que se quita el capirote nada más salirse de la procesión, como el que se encontraba cerca de la Campana cuando eran las dos de la tarde de ayer, Domingo de Resurrección. Fue echar un vistazo al reloj y clavar la hora. Las dos de la tarde, con un sol que parecía estar sacado de junio.

Quienes llegan por primera vez a la Semana Santa se topan con una realidad que no recogen las colecciones de los diarios ni los libros que copan las estanterías al llegar la cuaresma. Es tal la desorganización y la falta de respeto de cierta parte del público que, de seguir así, uno va a preferir quedarse en casa porque es imposible estar viendo una imagen y poder guardar ese instante. Empujones, broncas por guardar el sitio y hasta jóvenes asentados en el asfalto a los que solamente les hace falta que les roces para que monten en cólera. Y digo yo, ¿en qué momento nos dejamos llevar por las malas formas? Que en la Madrugada no se sirviera alcohol parece haber tenido su efecto, aunque cerca estaba la caravana para poder ofrecerte cerveza. Eso sí, para poder hacerse con un café en la fría noche de este año había que andar no pocas manzanas, hasta que por fin encontrabas algo caliente que llevarte a la boca entre tanto paño, sábanas y hasta una señora con un batín rosa que parecía sacada de uno de esos capítulos de La que se avecina.

Por más que se pida respeto y educación está a la vista que poco efecto surten las recomendaciones. Las pipas llenan las aceras mientas que a lo lejos pasa un carrito con la novedad de este año: globos con luces. Con el frío que hemos pasado y esas luces navideñas, uno no sabía si felicitar año nuevo o llamar a mariscos Recio para que preparase una cena de gala. Eso sí, hay que agradecer a vendedores, como el que pasó por la calle Cristo de las Cinco Llagas al paso de la Trinidad, que apagasen los globos cuando se aproximaban al cortejo. Pero fueron los menos.

El Miércoles Santo, una señora se puso a vociferar aplaudiendo a un señor que se asomó al balcón de un conocido restaurante cuando pasaba el cortejo del Baratillo, mientras que aplaudía fervientemente. El señor, por su parte, se dedicó a saludar como si fuera un príncipe deseoso de protagonismo. Y allí se dirigieron todas las miradas. También ese mismo día, mientras que las Siete Palabras cruzaba Tetuán de camino a San Vicente –había más público que en años anteriores–, un grupo de guiris se entretenía con ese juego de la botella que gira señalando a alguno de los participantes. Una joven se levantaba efusivamente y comenzaba a dar vueltas mientras bebía alcohol de una botella. Pero no se engañen, ni guiris, ni españoles, ni andaluces, ni extraterrestres. Está visto, y más que comprobado, que la pedagogía hace más falta que nunca.

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