Los artesanos | La moneda de cambio que no se guarda en el bolsillo

​No vamos a ser hipócritas: el dinero importa, que de algo hay que vivir y el taller no se mantiene solo. Pero decir que nos movemos solo por eso es no tener ni idea de lo que pasa aquí dentro. Si alguien cree que esto se hace únicamente por el cheque, que se busque otro sitio, porque aquí la cuenta corriente es solo una parte de la historia. Lo que a nosotros nos mantiene en pie es otra cosa, algo que todavía nos hace sentir románticos en un mundo que ya solo sabe de números.

​Nos mueve lo que sale de las entrañas. Es la necesidad de hacer lo que te dicta el oficio, de no ser un esclavo de la prisa y de saber que, al final del día, lo que has dejado hecho lleva tu sello de verdad. Cuando te encierras en el taller y el ruido de fuera desaparece, ahí empieza nuestra verdadera función.

​Y luego está el momento clave, ese pellizco que te recorre cuando entregas la obra. No es el pago lo que te llena, es verle la cara a quien recibe lo que has hecho. Cuando ves que ese brillo en sus ojos es porque has dado en el clavo, cuando escuchas una palabra sincera que te llega al pecho… esa es la verdadera recompensa. Esa descarga de dopamina es lo que te mantiene en pie cuando el calor aprieta y las fuerzas fallan.

​Esa satisfacción es como un cante bueno, de los que te ponen el vello de punta y te hacen olvidar el cansancio de las horas. Hay quien vive pendiente solo del balance final, pero nosotros nos quedamos con el orgullo que sientes al cerrar la persiana, sabiendo que has sido honesto con lo que tenías entre manos.

​Al final, la vida es muy corta para perderla haciendo cosas que no dicen nada. Hemos elegido este camino monacal porque la recompensa no está solo en el escaparate. Está en la honestidad de un trabajo que, cuando sale bien, tiene ese duende que solo conoce el que se ha dejado el alma en ello. Esa alegría, ese instante de plenitud cuando tu verdad conecta con la de otro, es el pago que nos llevamos a la cama.

​Que nadie se equivoque: cobramos por lo que hacemos, pero lo que hacemos, el alma que le ponemos, eso es un regalo que nos hacemos a nosotros mismos. Y mientras existan románticos que valoren eso, aquí seguiremos, dándole a la vida su verdadero valor.