Los artesanos | Oro de ley o cartón piedra

Están equivocados aquellos que entran en un taller de arte sacro y creen estar cruzando un umbral hacia el pasado. Pero se equivocan aún más quienes, desde la comodidad de lo mediocre, pretenden convencernos de que una talla de resina, una bambalina con hilo de plástico o un dorado de spray tienen el mismo peso que el alma de un artesano. En un mundo que se deshace en lo efímero, el artesano sacro es el último insurgente contra la dictadura de lo desechable.

Seamos claros: hoy sufrimos una plaga de «artesanía de catálogo» que insulta a la inteligencia. Mientras la industria nos intenta colar el algoritmo y la serie como si tuvieran espíritu, el maestro artesano demuestra que la excelencia no es democrática. Es una disciplina elitista por naturaleza porque exige una entrega que pocos están dispuestos a dar en los tiempos que corren. Un dorado excepcional no es solo brillo, es una conquista de la luz que solo manos elegidas son capaces de ejecutar sin que la pieza parezca un juguete de feria.

Y si hablamos de verdad, hablemos del barnizado tradicional. Es doloroso ver cómo se sacrifican maderas nobles bajo capas de barnices sintéticos y plásticos que matan el poro y anulan la vida de la talla. El verdadero charolista, el que entiende la liturgia de la muñequilla y la gomalaca, no «tapa» la madera: la hace hablar y da vida a la obra. Hoy, sin embargo, nos hemos acostumbrado a ese brillo artificial de coche recién salido de fábrica que confunde el resplandor con la calidad. El barnizado tradicional es un ejercicio de paciencia y caricia que la urgencia de los presupuestos baratos está borrando del mapa.

El problema del relevo no es la falta de manos, sino el exceso de complacencia. El futuro del arte sacro está amenazado por quienes prefieren el presupuesto bajo a la obra eterna, y por aquellos que buscan antes el aplauso rápido que la maestría silenciosa del oficio.

Proteger este arte es dejar de aplaudir lo mediocre. Si no somos capaces de distinguir entre el barniz que respira y la laca que asfixia, o entre el oro de ley y el cartón piedra, perderemos nuestra capacidad de conmovernos. El arte sacro no es el eco de lo que fuimos; es el bofetón de realidad que nos recuerda que, o aspiramos a lo sublime, o nos hundimos en la nada de lo prefabricado. Pasen una buena semana.